Con la venia

fERNANDO / SANTIAGO

Serendipia

LA Real Academia de la Lengua, reunida en el Oratorio de San Felipe Neri de Cádiz en 2012, acordó incluir en el Diccionario de la Lengua la palabra serendipia, proveniente del inglés serendipity y esta a su vez de Serendip, que es como los árabes llamaban a la actual Sri Lanka. En español ha quedado como "hallazgo valioso que se produce de manera accidental". A mí me pasó una serendipia hace ahora 40 años a las puertas de un concierto de Serrat, al que el Ayuntamiento de Cádiz distingue hoy. En los relatos y en la vida hay puntos de giro, momentos disruptivos que cambian la historia aunque puede que uno no se dé cuenta hasta pasados los años. En el verano de 1975 fue eso lo que me pasó a mí. Yo era un joven a punto de comenzar la universidad, más tieso que la mojama. Tan es así que como no tenía dinero para pagarme una entrada para el concierto de Serrat me fui a un banco del Paseo de Santa Bárbara para escucharle cantar. Al mismo banco llegaron cinco chicas y de aquel momento mágico obtuve, pasado el tiempo, a cuatro amigas que todavía conservo y a la que hoy es mi mujer.

Ya ven, como cantó luego Serrat con Noah: fue sin querer, es caprichoso el azar, no te busqué, ni me viniste a buscar. Lo he contado alguna que otra vez. El azar tiene estas cosas. En ese momento no podía imaginar el cambio que iba a suponer en mi vida ir a escuchar un concierto gratis total. Eso debe ser un momento disruptivo. Creo que no tuve otro en mi vida hasta el referéndum de la OTAN, pero esa es otra historia .

El caso es que aquel lejano día cambió las cosas para mí y hoy me dispongo a asistir, gracias a la cortesía municipal, a la entrega de un galardón al cantante que ha jalonado mi vida. Ya había escrito Serrat, creo recordar, aquella canción "porque te quiero a ti, dejé los montes y me vine al mar". Fue aquella serendipia que los académicos quisieron incluir en el diccionario en su reunión gaditana la que cambió todo para mí. Claro que en aquel momento yo no sabía nada. Me limitaba a escuchar las canciones de un joven músico catalán que había alcanzado fama por querer cantar en catalán en Eurovisión y eso le había granjeado el odio de la caverna. Pasados los años, con mucho Machado, Hernández y Benedetti, muchos conciertos del Titanic y muchos pájaros de un tiro, tengo que confesar que soy más de Sabina (qué manera de sentir) que de Serrat, pero por mucho tiempo que pase no podré olvidar jamás aquel maravilloso verano junto al Cortijo de Los Rosales. Gracias.

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