Monticello
Víctor J. Vázquez
Venezuela reveladora
AUNQUE los seres humanos somos mamíferos sociales, que formamos familias o partidos políticos con el fin de compartir la vida o expresar nuestras ideas, es frecuente ver otros seres humanos que observan la sociedad de lejos, como una película que se proyecta frente a ellos en una gran pantalla, sin importarle demasiado si es de día o de noche. Es dudoso saber si estos personajes solitarios observan la vida con interés o lo hacen con desdén. De ellos sabemos que viven la vida, la suya propia, y que a la vez actúan como ojeadores de la vida de los demás. Solo en algunos momentos estos individuos sienten la necesidad de ser actores de esa supuesta película, entonces se atreven a introducir diálogos y a compartir emociones, y cuando lo hacen no les comprendemos muy bien. Estos seres humanos son tan humanos como los demás, pero son singulares, no forman ni familia ni partidos políticos y tienden a comunicar solo lo necesario e imprescindible. Estos personajes, algunos de los cuales habitan en nuestra ciudad, no son especialmente exigentes, aparentemente les da igual el día que la noche, el frío y el calor. Todo esto que digo y escribo lógicamente tengo que imaginármelo porque estos personajes comunican lo justo e imprescindible. Una de estas personas es un señor que sea día o noche, haga frío o calor, llueva o truene, tiene su lugar para vivir en Cádiz, en la Playa Victoria. Su techo son una o dos sombrillas, su suelo es la fina arena, las ventanas de su original vivienda dan por un lado al horizonte de la inmensa mar gaditana con sus espectaculares puestas de sol y su otra ventana visiona La Marea. Su trabajo es el arte, unas veces un par de delfines de arena y otras unas no muy expresivas figuras también de arena. No conozco de nada a ese personaje solitario, pero cada día que le veo pienso en las mil formas de vida tan singulares que existen, vidas que nunca llegaremos a comprender pero que de seguro encierran algún tipo de extraña felicidad.
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