Alerta sanitaria Salud retira por listeriosis una morcilla elaborada y distribuida en la provincia de Cádiz

En este tiempo de tribulación, cuando el mundo parece desmoronarse y se desploman todas las certezas, a nosotros los cristianos nos corresponde volver a los orígenes y recordar en ellos el secreto de nuestra confianza. Es humano tener miedo: lo tuvieron los primeros discípulos que, tras la muerte de Jesucristo, se escondieron vencidos por el pánico. Nada debía conservar sentido en aquellas horas de vacío y zozobra. Como ahora, pensarían ya humo cuanto aparentó ser firme, un sueño falaz e ilusorio del que trágicamente despertaban. De pronto, los candados ceden, regresa el Maestro y vuelve la calma. "La paz con vosotros", les dice (Juan, 20, 19), sabiendo que es justamente esto, la paz, lo único que les insuflará fortaleza y cordura.

Pero, ¿qué paz es ésa que Jesús afirma rediviva e intacta? Desde luego no la que deriva de nuestras propias razones, se cimenta en el éxito de nuestras expectativas y se concibe lograble por nosotros mismos. Quebradiza y transitoria, la paz que, solos, intentamos imponer en nuestras vidas suele terminar en propósito vano. La paz inalterable, la que el Nazareno entrega, es la paz de le fe. Él, en la conciencia de estar siempre con el Padre, no buscó otra cosa que "cumplir sus designios". Así nos lo enseñó y así lo rogamos a diario en el padrenuestro ("Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo"). En la agonía de Getsemaní, incluso nos dio ejemplo: "No sea lo que yo quiera, sino lo que quieras tú" (Marcos, 14,36). El sentirse bajo el amparo de Dios, aunque no evita el dolor ni la decepción o las frustraciones, sí les dota de significado y nos aporta un asidero de silencio y serenidad. Cuando una persona sinceramente acepta querer lo que el Padre quiera, ¿qué podría quitarle la paz? Esa paz de fondo, consistente en sí misma, no deudora de las circunstancias, es la que Cristo trae y, para quien la comprenda, da. "El secreto de mi paz, señalaba el filósofo indio Krishnamurti, es que no me importa lo que me suceda". Añádase a ello que al cristiano no sólo no le importa, sino que, aun hiriente, acoge cuanto llegue como proyecto divino. Se entenderá así la paz profunda que emana de su credo.

Paz que, por otra parte, se promete, según Pablo, a los que están "cerca" y a los que están "lejos" (Efesios, 2, 17), ofrecida, pues, a la humanidad entera. Ojalá que hoy, extraño domingo de gloria que amanece entre tristezas, al cabo logre penetrar en el corazón de todos.

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