Notas al margen
David Fernández
Los europeos no sabemos ni qué decir
Este sábado, 18 de junio, en la Catedral de Sevilla el cardenal Marcello Semeraro, prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos, beatificará a 27 mártires dominicos de nuestra Andalucía. Veinte de ellos eran sacerdotes, novicios y hermanos del convento de Almagro, en Ciudad Real, perteneciente entonces a la provincia dominicana de Andalucía; otros cinco eran frailes del convento de Almería, también de esta provincia religiosa; una hermana dominica que fue martirizada en Huéscar; y un laico dominico de Almería.
Cuando todos seguimos buscando vías de reconciliación que nos ayuden a cicatrizar heridas de entonces, parece que este acontecimiento puede obstaculizar este deseo y traer memoria de aquel desentendimiento que hoy intentamos superar. Pero todo depende del lado en el que nos coloquemos para mirar a estos hermanos.
Os propongo que lo hagamos colocándonos junto a ellos y volvamos a oírles decir aquellas mismas últimas palabras que pronunciaron y que siguen siendo una alegría para todos. Murieron tranquilos y convencidos de que les llegaba la muerte sin culpa alguna, sencillamente por ser lo que habían elegido en su vida, dominicos al servicio de la Palabra.
Y quisieron con su muerte seguir sirviendo a la Palabra, que es Jesucristo, y que sigue teniendo las mismas que pronunció en su Cuz para todos aquellos que se dejan arrastrar por la violencia, pensando que con la muerte de algunos van a erradicar la injusticia y el mal: “Padre, perdónalos porque no saben los que hacen”.
Los que la entregaban como el Maestro, advirtiendo incluso a quien se la quitaba que eran ellos los dueños de aquella ofrenda, teniendo la certeza de que aquella muerte completaba sus vidas, han logrado que los que hemos tenido la suerte de vivir cerca de donde se produjo su sacrificio sigamos admirando la certeza de su vocación, la convicción que les llevó a la muerte sabiendo que así seguían siendo los dominicos que habían querido siempre ser y que hasta su muerte era ahora obra de predicación. Como así ha sido.
Creo que esta beatificación no sólo refuerza el testimonio de sus vidas, no solo alegra, y mucho, a los que cerca de ellos hemos ido haciendo el camino de nuestro servicio a la Orden y a la Iglesia, sino que además limpia el horizonte de dudas sobre el sentido de la fidelidad hasta la muerte y engrandece a quienes tan mansamente la aceptaron.
A estos testigos valientes merece la pena que les sigamos pidiendo, porque no hay mejor modo de entender la reconciliación de ideas tan opuestas como ésta de ser fiel a lo que se cree y se profesa, aunque otros pretendan imponer las suyas con la suerte de las armas. Su entrega hoy es la señal de lo equivocados que siguen estando todos aquellos que en nuestro mundo siguen acudiendo a la violencia y la prefieren al diálogo y al entendimiento.
Dominicos como estos nos hacen sentir que la Palabra, porque es de Dios, es siempre el mejor Camino; y servirla, aunque sea perdiendo la vida como la perdieron ellos en este servicio, es lo que más merece la pena.
Hermanos, pedid por nosotros, que seamos fieles como vosotros y admitid nuestra alegría y nuestra felicitación porque vuestro Martirio ya es de la Orden para todos.
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