Su propio afán

Nostalgia del madrileño

Quizá ellos no lo sepan, pero los madrileños han estado aquí esta Semana Santa poblando nuestra nostalgia

Una ventaja de estar confinado es que me permite sospechar que en realidad nadie o, como mínimo, nadie de mi pueblo, El Puerto de Santa María, tiene esa falta de sensibilidad de caer en la tan cacareada madrileñofobia. Lógico que, en estas circunstancias, ninguno pueda viajar a su gusto por España, pero lo suyo (quiero decir, lo nuestro) es sentirlo en el corazón, no emplearnos de furibundos del confinamiento.

A los que amamos la libertad tanta estrechez de movimientos nos encoge el alma. A los que amamos la propiedad privada nos parece que alguien que posee una segunda vivienda aquí o en cualquier otro sitio tendría que poder recluirse en ella tanto como en la primera. Puede ser que no pueda ser, pero no sentirlo es imposible.

Tengo una imagen no de los últimos años, en los que ya no salía, sino de hace muchísimos; y, sin embargo, hoy vivísima. Después de la Vigilia Pascual, el sábado noche, ya domingo, yo salía en vespa a tomar por fin unas copitas para celebrar la flamante resurrección, y me encontraba de golpe y porrazo (aunque no diré "con sorpresa") con El Puerto a rebosar de madrileños… y, aún diría más, de madrileñas. No habían venido de fuera, habían vuelto. Como tampoco vienen en verano, regresan. Qué exaltados entonces los entusiastas saludos.

Los últimos años, aunque habíamos dejado de salir, no eché de menos (en absoluto) aquellas salidas porque jamás dejamos de vernos en la misma Vigilia o a media tarde, paseando por la playa. Nos abrazábamos con la misma alegría de antaño o más, ahorrándonos los bandazos de la alargada adolescencia.

Este artículo no pretende más que decirles que este año sólo hemos echado más de menos el Triduo Pascual, y después a ellos, a los madrileños, y a ellas. También a los sevillanos, e, incluso, a los jerezanos, que, de repente, nos resultan exóticos como esquimales. Pero especialmente a los madrileños, tan castigados en lo más serio y, encima, en lo frívolo de esos comentarios desconsiderados. Aquí tienen su casa. En primer lugar, porque la tienen, aunque sea en esa forma últimamente tan denostada de la segunda residencia. Y tienen su casa, incluso, si la alquilan o se dejan caer de paso, porque yo, tan partidario de la propiedad, ahora hablo de cosas que son, con propiedad, más importantes. Hablando de ellas, espero que se estén cuidando muy bien, que tenemos que hablar de muchas cosas, convecinos del alma, convecinos.

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