Su propio afán

Mano de mono

Una mano de monoa menudo puedellegar a convertiseen mano de santo

Esta historia del siglo XVII francés la recoge y nos la regala Christian Bobin en Las ruinas del cielo (Sibirana, 2012). «Un canónigo de Notre-Dame, agonizante, veía cómo sus sirvientes se llevaban sus bienes a escondidas. Un mono le roba su bonete cuadrado y se lo pone. Ante esa imagen, el canónigo rompe a reír tan violentamente que el absceso de la garganta se revienta y se cura».

El final es feliz, pero la historia tremebunda. Imaginen a ese hombre almidonado, envuelto en lujo como un bombón, que muere ahogado entre dolores, y que ve, impotente, como sus criados se reparten sus inminentes despojos. En ese estado de ánimo, un mono le manga el bonete y se lo pone. No puede haber mayor burla, más recochineo. Pero la risa que le da le salva. Y a mí se me ocurren tres explicaciones que no son excluyentes.

La primera, la obvia. La risa rompe el absceso. Y ya está. El estado de la medicina de entonces hace verosímil esa historia clínica. Pero enseguida hay que empezar a añadir algo. No debía reír demasiado el canónigo si cualquier buena risotada le hubiese librado del absceso antes.

La segunda conjetura es que el problema de su garganta era psicosomático. Una consecuencia de esa tristeza que le había tenido sin reírse hasta el último (ya no último) momento. La tristeza, sin serlo, se parece mucho a la enfermedad, al aburrimiento y a la falta de agilidad mental. Unas risas te libran de grandes abscesos.

Pero no olvidemos el bonete. ¿Y si lo psicosomático era moralsomático? El absceso podría ser la vanidad de su cargo, del señero edificio, de París, de ser un personaje con bonete, sirvientes y tantos bienes codiciables. Fue reírse el hombre a gusto de sí mismo y de todas esas dignidades, que eran, al fin y a la postre, un juego de monos, y quedar curado. De milagro; porque la humildad, incluso al borde de la tumba, es milagrosa.

Como ya venían ustedes maliciándose, este artículo acabará con moraleja. Ríanse sin parar, violentamente, que yo me uniré encantado. Porque las cosas tienen gracia, por supuesto. Pero también como medida preventiva, como vacuna, si me permiten la referencia a la actualidad. Y hasta con sus tres dosis: por gusto, por amor a la alegría y también para disolver la rocosa vanidad. Porque, eso sí, la vacuna mejor es la risa a cuenta de uno, de sus bonetes y de sus bienes. De los míos, en mi caso. Si no tenemos a mano un mono, uno mismo también lo clava.

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