Cuarto de Muestras

Flecos

Envolverse en un mantón de Manila es como vestirse con un cuadro y quizáspor eso me gusten tanto

Dice Galdós en su novela Fortunata y Jacinta que envolverse en un mantón de Manila es como vestirse con un cuadro, quizás por eso me gusten tanto. Es curioso que Galdós dedique en esta novela una amplia reflexión sobre el origen de los mantones y su naturaleza preconizando que la industria moderna no inventará nada que iguale a la ingenua poesía del mantón, salpicado de flores, flexible, pegadizo y mate, con aquel fleco que tiene algo de los enredos del sueño y aquella brillantez que iluminaba las muchedumbres en aquella época en que su uso era general. Incluso se lamenta de que su uso se vaya desterrando y solo el pueblo los conserve con admirable instinto sacándolos de las arcas en las grandes épocas de la vida, en los bautizos y en las bodas, como se da al viento un himno de alegría…y sigue y sigue, pero no voy a copiarles todo lo que cuenta. Relean a Galdós que siempre es un disfrute y una enseñanza.

Cada vez que me lío en un mantón me siento Fortunata, la mujer que más y mejor ha sabido querer de nuestra literatura. Lo primero que hace una niña chica cuando se le pone un mantoncillo es acariciarlo, pasar el dedo índice por su bordado de pájaros y flores como si los estuviese leyendo en braille y juguetear con los flecos. Yo lo sigo haciendo.

Como todas las cosas bonitas tiene su poquito de misterio, incluso su origen es discutido pues la mayoría lo sitúa en China traídos a través de la ruta comercial de Manila, de ahí el nombre, pero Joaquín Vázquez Parladé de un modo más original y controvertido declara que son mejicanos, concretamente de Acapulco donde desembarcaban los galeones de Manila. También son misteriosas las cajas de madera lacada con incrustaciones en las que soportaban su largo viaje, cajas que muchos han convertido en bonitas mesas.

Los mantones están sometidos a dictados de elegancia o vulgaridad en función del tamaño de las flores, de la manera de colocárselo y toda una serie de normas de protocolo que como cualquier norma de esta naturaleza están para sabérselas saltar con estilo y confianza.

Tienen por último los mantones su lectura filosófica, su enseñanza de que siempre tendremos flecos sueltos en la vida y pobre del que no los tenga. Acariciemos pues la seda de los días felices y procuremos que no se enreden sus flecos, que, al final, hayamos conseguido bordar nuestros sueños.

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