'Finger spinner'

Todavía estamos a tiempo de que la lección magistral de este curso la dé el dichoso spinner

Podríamos seguir dándole vueltas a la cesión del Estado ante el PNV, mil millones por cada uno de sus diputados y unos diputados, además, que necesitaron muchos menos votos para salir elegidos. Nuestra igualdad de españoles, doblemente doblegada. Siendo un tema irritante, he recordado casi con esperanza el Finger sppiner que, de repente, llevan todos los pre-adolescentes a todos lados todo el rato.

No tanto porque se venda para calmar el estrés, que me reconocen que no, sino por esas vueltas inútiles a toda velocidad, que -vuelven a reconocer mis alumnos- al menos distraen. No será mala cosa que me distraiga de la gestión de los pactos y les libre de leer otro artículo arisco sobre algo que ya saben de sobra, pobres. No me he comprado ninguno (hay que ahorrar para pagarles los impuestos a los vascos), pero sí daré unas vueltas al arquetipo platónico del spinner.

Sus rodamientos, pesos equilibrados y brazos con huecos simétricos le permiten girar a una gran velocidad, y ésta es su única gracia, si lo es. Una de esas modas juveniles que se expanden como la pólvora y que, luego, como en el estrambote de Cervantes, se van y no hubo nada. Supongo que hay una atracción atávica de los niños (el corro, el carrusel, la noria) y de los jóvenes por ver girar las cosas, pero el trompo, el yo-yo y hasta el Hula hoop, por no hablar del magnífico bumerán, tenían otra dificultad, requerían una habilidad. El spinner hasta yo (cuando los alumnos vienen a mi despacho y me prestan el juguetito) puedo hacerlo girar.

Su inutilidad es tal que tiene una gran utilidad. El spinner sirve para reflexionar sobre la compleja simpleza de las modas. Los mismos alumnos que han revuelto Roma con Santiago para comprarse uno te reconocen que es una tontería sin remisión. Así funciona el deseo, que no conoce límites, y mucho menos los límites del sentido común. Se contagia como la peste a la velocidad circular del spinner: basta que el otro lo tenga para que yo lo desee, hasta que lo tengamos tantos que pierda su atractivo.

Si fuésemos capaces -los preadolescentes y nosotros- de aprender la lección de la vacuidad vertiginosa de las modas, habría sido el juguete más eficiente del mundo, la clase magistral del curso. Los veo dando vueltas al aparatito sin descanso y me pregunto: "¿Hasta cuándo estaré yo (y quizá ustedes) dándole a la manivela de tantas ansias y obsesiones tan raudas como inmóviles?"

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