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Su propio afán

enrique / garcía-máiquez

Elogio del orgullo ilegítimo

La segunda estrella Michelin de Ángel León es como si me la hubiesen dado a mí. No sólo porque el mayor éxito gastronómico de mi vida me lo apunté a cuenta del Chef del Mar cuando todavía era un cocinero de la ribera del río. Yo iba dando tumbos felices con mi novia de entonces (que es mi mujer de ahora) y entramos a tomar una tapa en el primer bar que vimos abierto. Fue probar el pulpo a la gallega deconstruido o así, y saber que aquella era un plato extraordinario, fuera de lo corriente. Se lo dije a mi mujer de ahora (entonces mi novia), y estuvo plenamente de acuerdo, lo que entonces y ahora es algo fuera de lo corriente, extraordinario. Memorizamos el nombre, Tambuche, y el del cocinero, Ángel León. Tuve la certeza de que al pulpo aquel le había merecido la pena la pesca: había pasado a mejor vida. Esta salvación por la excelencia redime la comida. La idea del Chef del Mar de usar pescado de desecho tal vez esconda ese anhelo salvífico. A medida que él ha ido teniendo éxitos, yo he repetido lo del pulpo, presumiendo de conocedor: "Ya lo dije yo". A la barra de Aponiente fuimos dos veces, a corroborar nuestro buen ojo. Pero, por razones que están en el bolsillo de todos, quiero decir, en la cabeza, por razones que no están en el bolsillo de casi nadie, no he vuelto a ir. Lo que no impide en absoluto mi orgullo por nuestra nueva estrella Michelin. No es un orgullo muy legítimo que digamos, porque ni siquiera he contribuido mucho a sostener la empresa que hay detrás del talento del Chef del Mar. Le he hecho poco gasto. Pero luego sale El Puerto en todas las revistas y asociado a los sabores del mar y vienen conocidos y famosos a comer aquí y lo cuentan, y no quepo en mí de gozo. No soy el único en apuntarme. También el Sr. Alcalde del Puerto se ha apresurado a felicitar a Ángel León y, sobre todo, a felicitarse por la segunda estrella Michelin. Hace bien. Yo estoy deseando felicitarme por algo que haga la corporación municipal. A ver. Formar parte de una comunidad tiene eso: la posibilidad de enorgullecernos por el mérito ajeno, público o privado. La solidaridad también rige en lo malo, ay, pero hoy hablamos de un premio. Y como tantos paisanos que presumen de Alberti sin haberlo leído apenas o de Cecilia Böhl de Faber incluso, y están en su derecho; a mí me basta aquel pulpo prehistórico para grabarme las dos estrellas en la camiseta, como si fuesen mías.

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