Obituario

Ramón Vargas-Machuca Ortega / Profesor De Filosofía

A Eduardo García Espinosa en memoria

24 de abril 2016 - 01:00

Era un abogado solvente, discreto y acreditado. Tuvo éxito en el ejercicio de su profesión jurídica tras dejar la actividad política hace ahora 20 años. Pero su pasión ha seguido siendo la política hasta que las fuerzas le acompañaron. En estos últimos meses, las buenas lecturas y ese interés le abstraían en cierto modo del dolor. Prueba de ello son sus dos últimos artículos publicados en el Diario de Cádiz (14.10.2015) y en El País (25.01.2016) a propósito de los pactos entre partidos. En sus comienzos, Eduardo había militado en uno de los grupos de izquierda radical que al final de franquismo prendieron en el medio estudiantil; sufrió por ello algún que otro registro y detención.

Maduró pronto y entendió que la revolución no sólo era imposible sino inconveniente. Por eso devino moderado y socialdemócrata. A los a los 25 años era ya diputado del PSOE por nuestra provincia (1982-1996). Se decía entonces que Eduardo era listo, buen táctico. Me malicio que para desactivar su potencial. Tenía más fuste: un gran talento político, algo que lamentablemente en los partidos suele producir más recelo que estima. Dotado de un cerebro de alta gama, era rápido; daba muestras de agudeza en el análisis; caracterizaba de modo apropiado el estado de la cuestión, el momento, sus protagonistas. Advertía de lo crucial frente lo accesorio; en suma, tenía visión de largo alcance e intuición estratégica; atinaba casi siempre. De un realismo perspicaz no se hacía ilusiones sobre los resultados. Alertaba sobre los puntos vulnerables de algunas de nuestras batallas internas y pronosticaba certeramente su final, honroso pero parco en victorias. Recelaba siempre de los lugares comunes; poseía criterio propio a riesgo de ser tenido por descastado entre los suyos.

No era un moralista; ni soportaba a los predicadores de cualquier clase. Tenía principios sin alardear de ellos; ante todo, la independencia moral que impulsa en ciertos momentos a decir ¡basta ya! o "por aquí no paso". Quienes pensaron que tenía un precio, se confundieron con él. Acreditó con su ejemplo que en política valor y precio no son equivalentes. No se comportó como un político rampante. Le ofrecieron continuar en el cargo, expectativas de ascensos a cambio de "no seguir enredando" y volver al redil. Pasaron por alto que tenía orgullo, autoestima y sentido de la propia dignidad. Sería él, no otros, quien determinara el alcance de los costes de oportunidad de seguir o dejarlo. Y un puñado de buenas razones le llevó a la conclusión de que no merecía la pena continuar. Sabía que si se quedaba tendría seguridad, estatus e ingresos ciertos pero no los debates francos e interesantes de antes. Lo nuevo consistía en vocear argumentarios; y aumentaría la selección negativa. Intuía un porvenir de indigencia estratégica y liderazgos débiles sin norte ni rumbo; en suma, que la reforma indispensable de la política no estaría disponible. Un panorama tan poco estimulante se le hacía insufrible; una rutina previsible "que atrofia los músculos decisorios" (sic) le parecía algo muy aburrido. Y dedujo que en ese medio no pintaba nada. Así que se marchó en silencio y se buscó la vida en el ejercicio libre de la abogacía. Su razonamiento de hace dos décadas resultó una premonición de lo que vino después.

Refiero, por último, algunos rasgos de su carácter con los que se sobreponía a una frialdad aparente y cierta timidez. Persona de comité más que de foro, se movía mejor en las distancias cortas y prefería el cara a cara. En Eduardo mandaba la ironía, preñada de juicios certeros sobre los asuntos y retratos penetrantes sobre las personas. Una ironía lúcida, sin intención edificante ni tampoco cruel, que aderezaba con un sentido del humor irreverente y en ocasiones mordaz. Solía señalar el lado cómico de una circunstancia adversa y así aliviaba la contrariedad producida por aquella. No tenía nostalgia por "los viejos tiempos" y relativizaba pasadas mezquindades. Llegado el caso, prefería el desdén al odio. Aun siendo muy de Cádiz y del Cádiz C.F, le producía urticaria el localismo y cuanto sonara a exaltación de un horizonte identitario "parroquial".

¡Cuánto te echaremos de menos¡ En un trance como este y honrando la memoria de una persona que ha temperado las emociones con la razón, recuerda uno las palabras sabias del filósofo racionalista: "Hemos lanzado una mirada lúcida sobre el universo ingente. Nos hemos encarado con nuestros problemas y no hemos buscado consuelos ilusorios. Hemos gozado de la vida en la medida en que de nosotros dependía y sólo el destino implacable ha marcado los límites de nuestra felicidad. Este es el sentido que hemos dado a nuestras vidas sin sentido". Eduardo, adiós.

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