Cuarto de muestras
Carmen Oteo
Secretos a voces
El 29 de enero de 1981 era jueves. Ese día Adolfo Suárez presentó ante el Rey su dimisión y por la noche dirigió un mensaje cargado de patetismo a los españoles a través de la televisión. Dijo que se iba porque su marcha era más beneficiosa para España que su permanencia y porque no estaba dispuesto a permitir que la democracia volviera a ser un paréntesis en la vida nacional. Las razones de la marcha de Suárez nunca se han explicado de forma explícita ni el papel que jugó el Rey Juan Carlos en el acoso y derribo al que fue sometido desde frentes diversos, políticos, económicos y militares. Pero sí resultaba entonces evidente que el desgaste del presidente era enorme y que su salida más o menos abrupta era solo cuestión de tiempo.
Igual de evidente resultaba que si salía del Gobierno la misión de su sucesor, para la que había sido designado por lo que quedaba de UCD Leopoldo Calvo-Sotelo, se reducía a preparar unas elecciones que sin duda ganaría Felipe González para el PSOE.
En medio de ese camino se sitúa la asonada del 23 de febrero. La investigación histórica ha establecido sin lugar a duda que había en marcha una operación política para hacer caer a Suárez y establecer un periodo transitorio que reordenara la democracia mediante un gobierno de emergencia en el que participarían todos los partidos parlamentarios bajo la dirección de un militar de clara condición democrática, perfil que coincidía con el del general Alfonso Armada.
Hasta qué punto el Rey dejó que esta operación se desarrollara es una de las grandes incógnitas del 23-F que posiblemente nunca quedarán totalmente resuelta. Como tampoco se sabrán las razones que hicieron que una vez apartado Suárez, por propia voluntad u obligado, el golpe siguiera para adelante y se produjera la grotesca entrada de Tejero en el Congreso y el secuestro del Gobierno y el Parlamento. Los papeles desclasificados no sirven para despejar las incógnitas que rodean aquella jornada. Lo que sí está fuera de duda es que una vez que los tiros sonaron en el Congreso fue Juan Carlos el que se encargó de parar aquello. De forma clara e inequívoca. Lo que pasara antes y mucho de lo que pasó después sigue esperando el trabajo de los historiadores. Aunque como tantas circunstancias en la Historia puede que jamás se aclaren.
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