El Alambique
Manolo Morillo
Sur de silencios
Andalucía la Baja siempre fue un territorio donde la historia se escribe con sal, con barro y con una paciencia antigua. En esta franja que mira al Atlántico con la serenidad de quien ha visto pasar imperios, aprendimos que la identidad no es un himno ni una fecha, sino una forma de resistir. En estos días del Día de Andalucía conviene recordar que venimos de siglos de ser frontera, despensa y, demasiadas veces, moneda de cambio para poderes que nunca entendieron la complejidad de este sur que no cabe en los tópicos.
Hoy somos un pueblo diverso y vibrante, pero aún marcado por inercias que nos frenan. Andalucía sigue siendo la más grande de España, pero también la más observada con condescendencia desde despachos donde se decide sin conocer. El centralismo, incluso el que nace dentro de nuestra propia tierra, disfrazado de tecnocracia o neutralidad económica, continúa tratándonos como territorio periférico: útil para el turismo, la energía o la mano de obra, pero no para la estrategia ni la innovación. De eso sabemos mucho los coquineros. Y mientras las derechas endurecen el paso en medio mundo, los andaluces volvemos a ser laboratorio: ¿seremos tierra de derechos o escaparate de desigualdades?
En este contexto, Andalucía la Baja —de Doñana a la Bahía, de las marismas al viñedo— encarna el pulso entre lo que fuimos y lo que queremos ser. Aquí se siente la tensión entre riqueza natural y precariedad estructural, entre potencia cultural y olvido institucional. Y dentro de ese mapa, El Puerto de Santa María ocupa un lugar revelador: ciudad hermosa y herida, con un pasado que pesa y un futuro que aún duda. El Puerto es una metáfora de Andalucía: talento disperso, patrimonio desaprovechado, juventud que resiste y una ciudadanía que, pese a todo, defiende su dignidad.
Quizá este Día de Andalucía deba servir para algo más que ondear banderas: para preguntarnos qué proyecto común queremos construir. Porque Andalucía no puede seguir siendo un forillo ni un recurso; debe ser sujeto político, cultural y económico. Y Andalucía la Baja, con su mezcla de memoria y rebeldía, puede ser el lugar donde empiece a escribirse esa nueva página.
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