El Alambique
Manolo Morillo
Sur de silencios
Verdaderamente sólo tengo un recuerdo del 23 F en la Isla pero vale por cien. Empiezo diciendo que yo vivía en 1981 con mucha ignorancia de lo que se estaba fraguando en España, incluso en el mundo. Me habían nacido dos hijos y aprovechaba todos los momentos libres para leer y escribir. Sonrío. En verdad siempre he sido un escritor al que lo que le gustaba era leer, mucho antes de que supiera que Borges lo dijo en bonito: me ufano de las páginas que he leído, no de las que he escrito. Más o menos. Mi maestro Luis Berenguer había fallecido en septiembre de 1979 y yo intentaba superar ese desastre con su recuerdo y la difusión de su legado. Digo que sobre las seis y algo, no eran las siete de la tarde todavía, me llamó Curro por teléfono para decirme que pusiera la radio porque algo estaba pasando en Madrid, algo grave. Curro es primo hermano de Macamen y entonces mandaba una corbeta, con base en Rota. Era tan amigo mío y lo quería tanto que lo tenía por familia directa. En efecto, puse la radio y pude escuchar, de una emisora a otra, lo del teniente coronel Tejero en el Congreso de las Diputados. Cada uno que tuvo oportunidad luego lo contó como le pareció, yo conservo intacto lo que me ocurrió a mí. Sufrí un bochorno insuperable, una vergüenza grandísima, una gran depresión. Había leído cientos de libros sobre la España de los pronunciamientos y los golpes de Estado, más el siempre lacerante relato de la Guerra Civil. Miraba a Enrique y a su hermanita y se aumentaba mi desasosiego. Pobres, os he traído a este mundo horrible de odios y venganzas que pensé que había caducado para siempre. Se hizo de noche muy pronto y de alguna manera un apagón informativo cayó sobre toda España. No había noticias. Apenas. Quise salir a la calle a ver la Isla cómo respiraba. Recuerdo que fui a La Salle, a donde tenía pensado ir desde días antes, a un acto cultural que no recuerdo. Fue a la salida cuando sucedió el hecho que no se me olvidará mientras viva. Hablábamos en un corrillo en la puerta del Colegio, en la acera de la calle Real, cuando en un coche que pasaba despacio empezó a sonar una marcha militar, una música seca, un poco violenta, fuerte. Y alguien que estaba cerca de mí exclamó: ¡Ya era hora! Ni siquiera me volteé para mirarlo. Volví a casa más triste, abochornado y deprimido de lo que había salido. Pasara lo que pasara, ya tenía la prueba para siempre.
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