Máscara

17 de enero 2026 - 07:01

Me he cruzado por la calle con un antiguo alumno, aún en Secundaria, bajito para su edad, lejos todavía del estirón. Me sorprendió verlo entre sus familiares tomando un helado. Parecía mucho más infantil de lo que lo recuerdo en clase, chispeante, rápido, divertido, líder indiscutible, muy lejos de este chico que ajustaba el paso al de su padre. No era el mismo. Pero supongo que nos pasa a todos, seres adaptativos con múltiples facetas. A veces pensamos que solo los actores tienen la oportunidad de vivir múltiples vidas. Nos sorprende incluso descubrir que fuera de las tablas se desenvuelve con timidez quien es capaz de actuar de forma vociferante, agresiva e incluso grosera. Todos somos actores y actrices de nuestras vidas, aunque no siempre seamos conscientes. En clase, en el trabajo, somos otros. El calladito en clase para no llamar la atención puede saltar a los brazos de su profesora como un niño pequeño si se la cruza en vacaciones. Y está claro que la profesora dura, exigente y disciplinada puede ser muy divertida en la sala de profesores o cuando va de copas con sus amigos. Confieso haberme sorprendido cuando en alguna ocasión me he dado cuenta de que la jefa desagradable y antipática de la que me hablaban era la misma persona encantadora que conocía a través de otros amigos. Todos hacemos teatro de forma consciente o no. Es supervivencia. Nos adaptamos a diferentes situaciones usando diferentes herramientas. Los griegos lo sabían muy bien, recordemos que la propia palabra “persona” significaba “máscara del actor”. Trabajo, familia, amigos, extraescolares… son oportunidades para ofrecer facetas distintas de nuestro yo. No es falsedad o hipocresía, es más bien, inteligencia emocional o cintura. Es incluso un derecho, una puerta abierta a la libertad. La rigidez compacta de carácter y de pensamiento me asusta. Debe de resultar agotadora. Y bastante insoportable, por cierto.

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