El Alambique
Pepe Mendoza
El cromo de Arias
En el verano de 1983, mi padre me llevó a trabajar con él a Frigoríficos Vimfrisa, empresa dedicada al frío industrial en la que recaló después de media vida como arrumbador eventual. Yo había terminado de estudiar en SAFA y chapuceaba en empleos precarios, a la espera de que la Patria me llamara para dar cuenta de mi nulo ardor guerrero. En Vimfrisa, las jornadas eran de sol a sol. La peoná consistía en descargar camiones atestados de atunes y marrajos, para luego apilarlos en cámaras de refrigeración a 20 grados bajo cero. La sociedad pertenecía a un señor que se apellidaba Agarrado. Ese patronímico explicaba por sí solo, sin tener que recurrir a la lucha de clases y demás terminología marxista, que las nóminas fueran boqueronas.
Una mañana llegó a la cuadrilla Antonio, un treintañero de espalda y sonrisa ancha, con un corte de pelo como el de los Click de Famobil. Éramos los cascarones de huevo de una plantilla aguerrida que parecía una subcontrata del Pequod, el barco ballenero de Moby Dick. Congeniamos pronto. En el descanso del almuerzo nos sentábamos juntos, haciendo equipo ante las bromas de los veteranos. Uno de los primeros días le pregunté por su experiencia laboral. Me respondió que acababa de dejar el fútbol, que tenía familia y que buscaba un trabajo estable de lo que saliera, a poder ser mejor pagado y menos duro que aquel. Yo también juego pachangas los sábados por la mañana, solté haciéndome el interesante. Las mías eran los domingos por la tarde, en Primera División, me respondió sonriendo. Menudo trolero, pensé. Si hubiera sido futbolista profesional iba a estar aquí levantando a pulso bichos de más de 100 kilos por cuatro duros. Cuando llegamos a casa se lo conté a mi padre y me confirmó que, efectivamente, había jugado en primera con el Almería, en la demarcación de lateral izquierdo. Y que le había marcado un gol al Madrid y otro al Barcelona.
Alucinado, me fui directo al cajón del ropero donde guardaba los álbumes de cromos de las ligas. Lo encontré en el de la temporada 1980-81, en la hoja de la Agrupación Deportiva Almería. Allí estaba Antonio, Arias en la alineación. En la segunda fila, posando agachado, debajo de los porteros, entre Lobato y Pérez Contreras. Era aquel un fútbol que aún pertenecía a los aficionados. Que respetaba las equipaciones tradicionales de los clubes. Con los números del 1 al 11 y sin el nombre del jugador impreso en la camiseta. Un fútbol en el que todos los partidos se jugaban los domingos a la misma hora. El del transistor pegado a la oreja escuchando a José María García. El de los campos míticos bajo aguaceros bíblicos: Atocha, San Mamés, el Molinón, la Romareda, el Helmántico. El de los secundarios de lujo que tenían que volver a buscarse la vida cuando se retiraban.
A veces me lo encuentro pateando el paseo de La Puntilla, hecho un chaval, con el mismo entusiasmo y el mismo arrojo con el que corría la banda izquierda. En el álbum de cromos de la temporada 1983-84, en una foto que nunca nos hicimos, puedo ver a la plantilla de titanes de Vimfrisa. Antonio, mi padre y yo, abajo, en cuclillas. Y arriba, los capitanes del vestuario: Manolo El Gordo, el Feo, el Chaqueta y Gandulla.
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