Análisis

Antonio Morillo Crespo

La botica

09 de enero 2026 - 03:05

Siempre me ha gustado decir la “botica” en lugar de “farmacia”. Quizás me suena así más enjundioso, más auténtico, la labor y el sentido del boticario, cara siempre al público y ejerciendo su saber y condición en beneficio del paciente que acude a ella. Así, tras mucho tiempo, años y años ejerciendo, hoy me decido a contar algunas anécdotas vividas en ella, porque quién sabe cuándo acabaré mi diario menester. No creo que mucho. Aquí van algunas ocurridas en ella. Son anécdotas sin importancia. Más bien para comentar un poco, pero de todas maneras piezas y comentarios jocosos que yo he oído o sabido (y exclusivamente para reírme cuando estoy durmiendo).

De noche, de guardia, llaman, abro la ventanilla y un muchacho pide un preservativo. Se le dice: “Hombre, que son las tres de la madrugada y la farmacia es para cosas urgentes”. Contesta de sopetón: “No será urgente para usted, pero para mí sí lo es”. Y el chaval tenía toda la razón del mundo. Se lo di y se marchó tan contento.

Otra vez es un vecino que pide lo mismo pero diciendo: “Por favor, quiero un preservativo Duralex”. Contestación: “Duralex te va a hacer daño, será marca Durex”, que es como se llama. Y ahí quedó la cosa.

Otro día otro vecino quiso lo mismo, pero al ver a mi compañera femenina auxiliar, no se atrevió y le dijo: “Deme por favor una caja de aspirina”. De resultas el pobre hombre tenía el cajón de su mesita de noche lleno de cajas aspirinas, producto de otras ocasiones similares. Yo me di cuenta y le dije: “Otra vez que quieras un preservativo, desde la puerta dices volverán las oscuras golondrinas y yo te contestaré: “En envase de cinco o de diez”. Terminó por aprender la poesía. Volverán las oscuras golondrinas de tu balcón los nidos a colgar y otra vez con el ala a los cristales jugando llamaran.

Una señora viene alterada y que quiere hablar conmigo. Le digo que me diga. Y contesta: “Aquí no, dentro”. Y me insiste, en mi despacho. La hago pasar y entonces me suplica: “Por favor, no le des a mi marido más pastillas de ‘bisagra’”. Entiendo su preocupación y le contesto que en adelante será con receta y de Viagra, que es su nombre.

Me lo contó un colega boticario de otro pueblo, que no cito porque se trata del hecho, no del santo. En él se arreglaba el alumbrado público, las farolas de día teniéndolas encendidas y no de noche, cosa que criticaban los vecinos, de tal manera que solían decir: “Las luces son una porquería, se apagan de noche y se encienden de día”. Y él lo contaba, porque al boticario se lo contaban todo, diciéndole que de noche siempre hay alguien de guardia, empezando por un boticario, además del panadero, un guardia civil, un policía urbano, un médico y hasta un taxista. Y que por qué no ejercía un electricista.

P.D. Siempre he procurado –y lo mismo mis auxiliares– que no aparezca el nombre de la persona con el medicamento que se lleva. Es fundamental y por ello siempre damos lo que se lleva dentro de una bolsa o envuelto en papel. De la misma manera que lo que he escrito antes es completamente anónimo. Y ni yo sé quiénes fueron los actores.

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