El parqué
Disparidad en los mercados
El Carnaval de Cádiz lleva un siglo viajando por las ondas y, en una carambola del calendario, la gran final del Falla nos encuentra celebrando el Día Mundial de la Radio. Cien años de un romance donde la radio en particular y los medios en general han sido cómplices necesarios para que este concurso tenga hoy el alcance logrado.
La radio ha sabido adaptarse. Ha sumado imagen a la voz, abriendo ventanas audiovisuales en redes sociales, ha transformado el transistor en aplicación. Aprendió a mutar sin perder su esencia: contar, acompañar y crear afición. La televisión e internet han convertido el concurso en un fenómeno de masas y la prensa se ha especializado en un género propio, equiparable en rigor y exigencia a la crítica cinematográfica.
Cuando el teatro se queda vacío, un grupo de periodistas convierte cada función en memoria colectiva. La mayoría de quienes firman esas crónicas se han formado en facultades de Periodismo. Saben de teoría, sí, pero sobre todo saben de terreno. Y en Cádiz, conocer el terreno que se pisa es haber crecido entre tangos, cuplés y pasodobles. Los medios locales están atados por el ombligo a la realidad que cuentan. Sus profesionales sienten, sufren y aman tanto la fiesta como quienes se suben al escenario. Esa cercanía es el incalculable valor del arraigo, imposible de impostar desde un plató a cientos de kilómetros. Porque como vengan a contarlo medios mesetarios, corremos el riesgo de que resuciten murgas o descubran inundaciones históricas en ese lugar que aquí tenemos la costumbre de llamar Bahía.
Al igual que la copla de carnaval es un género literario y musical propio, la crítica de carnaval es un género periodístico diferenciado. Tiene códigos, contexto y referencias. No basta con oír, hay que saber escuchar y contar. Y no es sencillo. Bajo la presión del tiempo, la prensa analiza mientras escucha. Debe descifrar la letra, tomarle el pulso a la música, interpretar la reacción del público y, todo eso, transformarlo en texto con criterio. Escribir sobre carnaval no es aplaudir ni abuchear: es argumentar. Y argumentar, en tiempos de trincheras, a algunos entendidos del racataplán les parece una provocación, especialmente a quienes ostentan el privilegio de ser juez y parte en un concurso que se celebra a costa del erario público.
Desde su atalaya de gañote, acusan a los medios de que una agrupación no sea bien puntuada, presionan para reducir el espacio de trabajo en el foso, fiscalizan hasta la intensidad de la luz de una pantalla y llegan a sugerir que la prensa sea expulsada del teatro.
Desconocen que la libertad de expresión no es un traje a medida que se pone solo cuando conviene. No funciona así. Matar al mensajero puede ser un desahogo, pero hostigarlo hasta convertirlo en prescindible sería un suicidio cultural. El carnaval necesita voces que lo canten y voces que lo cuenten. Sin las primeras, no hay copla. Sin las segundas, no hay memoria colectiva.
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