DIARIO DE CÁDIZ En la batalla del coronavirus: mantenemos nuestra cita en los quioscos con despliegue informativo sobre la pandemia

Desde hace semanas salgo a la calle asustada. Qué fácil es perderlo todo. Apenas un guiño, y los derechos que creía consolidados, la conciencia que sentía asentada, se desvanecen.

Salgo a la calle asustada y cansada. Otra vez a luchar cada día, cada minuto. Otra vez volver a explicar lo que ya parecía comprendido, interiorizado. Otra vez confrontar argumentos contra mentiras, la lógica contra los prejuicios. Y esta vez, además, no puedo dejarlo pasar. Ni un segundo de descanso. Porque cada comentario que ignore -por hastío, por no entrar en la confrontación- y cada discusión que evite, serán puntos en mi contra, un paso más hacia atrás, una zancada hacia el lugar y el tiempo en el que yo y todas las mujeres nos volvemos a hacer pequeñas y a estar arrinconadas.

He sido una privilegiada. Yo también he sufrido, claro, desprecios, ataques, discriminación, acoso. Como todas. Pero en pequeñas dosis. Mi entorno, mi tiempo, mi educación, mis anhelos; todo ha jugado a mi favor hasta ahora. Y en cada injusticia he podido hacerme valer, con la seguridad de quien se sabe en posesión de la razón, y con la convicción de no estar sola, de contar con el respaldo de una sociedad cada vez más intransigente a las desigualdades.

Pero aquí estamos, de la noche a la mañana hemos vuelto a las conversaciones superadas hace más de 20 años. Escucho confundir la violencia doméstica con la machista (lo próximo será volver a hablar de crímenes pasionales…), o directamente negarla diluyendo el concepto en algo tan genérico y vacío como la violencia. Oigo y leo los mismos datos falsos sobre denuncias falsas, las mismas mentiras repetidas sobre la indefensión de los hombres. El rechazo colectivo y la alarma social ante la indecente cifra de asesinatos a mujeres, agresiones o abusos sexuales parecen haberse evaporado. Qué miedo.

Mis posibilidades de sufrir una agresión machista son hoy las mismas que hace dos meses, pero de ocurrir, sé que tendría más problemas para hacerme creer, que mucha más gente me cuestionaría. Eso es aterrador.

No podemos volver al silencio, no podemos dar ni un paso atrás.

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