En la vorágine, remolino y abismo en el que nos encontramos socialmente, nadie está seguro de nada, ni siquiera de la misma nada. Enumero algunas, trabajo, paro, educación, pandemia, virus, mosquitos, listeria, salmonella, sanidad con los médicos de familia invisibles. Y los especialistas, también. La enfermedad, el patos, preocupa a tantas personas que no quieren hablar de la muerte, ni pensar en ese destino, que en latín significa meta, y que intentan alejar con supercherías y contrasupersticiones. Tarot, astrología y numerología, entre otras.

Pero la paranoia de esas pesadillas es tan clara que no necesito intérpretes de sueños, ni cartas ni médium . Es la imposibilidad de huir de la muerte. De tenerla presente porque es la disolución final del ser, el abandono de emociones y percepciones tal como lo sentimos, ahora.

La regeneración del miedo aplaca pueblos y ciudades. La esperanza forrada contra todo si no es la religión, se le parece. Me gusta por tanto leer esas otras iniquidades implantadas en el cerebro por la superchería del azar.

Precisamente Garcilaso de la Vega, dicen que confiaba mucho en los agüeros. De la que derivara agorero que sólo predecía males. Pues resulta que a este Garcilaso le auguraron que moriría en lid contra el infante Don Juan Manuel, -el del Conde Lucanor-pero lo mataron en Soria y en misa. Hubo otro Garcilaso de la Vega, “el joven”, que también fue agorerista y lo apiolaron por orden de Pedro I el Cruel, ay, esta España. El ejecutor fue Juan Fernández Chamorro que lo masacró con una broncha.

Y llegamos al rey del endecasílabo y erasmista, alabado por Juan de Valdés en su Diálogo de la Lengua. Sí el Garcilaso aquel del que si volviera yo sería su escudero. Murió en Niza en los brazos de San Francisco de Borja o Borgia. Fue herido mortalmente en el ataque a la torre de Muy cuando iba con la hueste de Carlos I.

El único que se escapó de esa fatalidad, fue el inca Garcilaso de la Vega que también fue escritor y murió, por fatum, el mismo año -1616- en que murió Cervantes.

Vivir es anteponerse a la muerte. A la estrategia de la muerte con su reloj apoptósico y programado para todo el cuerpo. El alma a lo peor no existe fuera del movimiento, -ánima- o ser dueño de eones de células a las que se le niega ese alma, que es parte de la fe.. 

Y la locura en su vorágine nos trae a la pandemia, al no leer, al miedo encabalgado con el miedo como un mal endecasílabo. En la Isla hay agoreros y agoreras y nadie se mete con ellos. Y políticos peores que ellos mismos.

Pero las lenguas saben a arenas muertas y a funestidad. Que también es el fatum.

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