Balas de plata

Casas Viejazz

Da gusto encontrar gente agradable en los restaurantes, tipos que regalan sonrisas, queso o chicharrones

Comenzó con una ciática y acabó en una conjuntivitis vírica, pero en el vórtice de ese lapso de tiempo hubo un recorte de vida aderezado de asueto. La fecha era propicia. Por mediación de una buena amiga reservamos una casita con piscina en las Lagunetas, frente a la Venta Correro, en la carretera de Benalup-Casas Viejas a San Roque. Aquel fin de semana se celebraba el Festival de Jazz de Casas Viejas, auspiciado por el Tato, hostelero institucional de un pueblo tan histórico. Como no pudimos ir el año anterior, decidimos desconectar un par de días de la triste rutina que nos esclaviza, y perdernos por las calles del Seisdedos. Como los niños ya habían terminado sus clases nos escapamos a media mañana del viernes y encaminamos la carretera de Medina Sidonia hasta llegar a la rotonda que te manda a la derecha, como si fuera un líder incapaz de frenar la inflación. El punto de encuentro con la dueña de la casita era la Venta Correro, que no conocía. Echamos un vistazo al llegar: tenía buena pinta. Ofrecía carnes de caza a la brasa y arroces.

La casa estaba genial y sobre todo expresaba una virtud principal: la tranquilidad. El agua de la piscina estaba gélida aún, así que descargamos los trastos, dejamos que los niños revolotearan por la casa como polillas y fuimos a nuestro primer encuentro con Alfonso Correro, que se saldó positivamente. Da gusto encontrar gente agradable en los restaurantes, tipos que regalan sonrisas, queso o chicharrones. El plan establecido era una siesta de las que no se salta un tío con pértiga, pero a Raquel le atacó la ciática, que llevaba varios días asomándose al umbral de su espalda. Así que fuimos al centro médico benalupense donde le inyectaron Enantium y le mandaron reposo, así que aquel día nos ausentamos de ese festival de Jazz que comenzaba en la plaza del Pijo, a la vera de la iglesia céntrica. En autocompensación me pegué un baño en aguas frías bajo una lista jazzera del Spotify y preparé una barbacoa de obra para abrasar unas chuletitas para la familia. Salieron ricas.

Al día siguiente resultó que habíamos descansado. La ciática estaba mansa y volvimos a la Venta Correro, donde probamos un arroz con venado de quitarse el sombrero. Recuperadas las fuerzas, nos dedicamos a destrozar la calma del vaso de la piscina y sobre todo a leer hasta que, llegada la hora, cogimos el coche y nos lanzamos a Casas Viejazz, previa parada en el patio del restaurante del Tato, un lugar maravilloso, pleno de limoneros y aguacates. Choco's hot seven metió ritmo y abrió el camino al Johan Posligua Quinteto, agrupación sabrosona de jazz latino recién fundada, al parecer, por su talentoso batería, el propio Posligua, que estuvo bien secundado al piano por el elegante José De la Rosa. Tras ellos, actuó la chiclanera Paula Bilá, mezclando en su voz el jazz con el fado, mientras interpretó con su sexteto gaditano un repertorio diverso en el que destacó y mucho la sección de viento.

Tras ellos esperaban el gran Jorge Pardo y Chico Quinteto, pero los niños no aguantaban más y la espalda de Raquel pitó el final del partido. Con tan buen sabor jazzero en la boca nos volvimos al lugar feliz y de ahí a la Venta Correro, al día siguiente, para despedirnos de Alfonso y emplazarnos para el próximo arroz, esta vez acompañados de mis padres. Parecía que el fin de semana fuera eterno. Y en cierto modo lo será.

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