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Juan Luis Pulido | Escritor y catedrático de la UCA

“En el marco histórico de esta novela me he permitido muy poca ficción”

  • El autor publica con Almuzara su cuarta novela histórica, ‘Gadir’, donde reconstruye el tránsito del Cádiz fenicio al romano a partir de la figura del filósofo Posidonio de Apamea

  • La obra se presenta hoy jueves en la Fundación Cajasol de Cádiz

  • Una novela sobre Guzmán el Bueno

El escritor Juan Luis Pulido Begines, fotografiado en el Museo de Cádiz ante un sarcófago fenicio.

El escritor Juan Luis Pulido Begines, fotografiado en el Museo de Cádiz ante un sarcófago fenicio. / Julio González

Juan Luis Pulido tiene nueva novela histórica en las librerías, la cuarta. Se trata de Gadir, editada por Almuzara y en la que este catedrático de Derecho Mercantil de la UCA reconstruye una parte de la historia del Cádiz fenicio a partir, precisamente, de su tránsito al Gades romano y con el filósofo Posidonio de Apamea como hilo conductor de una apasionante trama. El libro se presenta hoy a las 20.00 horas en la Fundación Cajasol de Cádiz.

–Después de tres novelas sobre el medievo salta a Gadir.

–Siempre he querido escribir una novela sobre Gadir. Es más, esta novela la llevo escribiendo desde pequeño, lo que pasa es que las novelas germinan muy lentamente. Siempre me he sorprendido de que nadie hubiera hecho una novela sobre una época tan atractiva. Pero no tenía el desencadenante, la chispa que prende todo ese material que acumulo desde pequeño.

–¿Desde tan pequeño?

–Desde que leía Jabato. Yo era muy inquieto, leía Jabato, El Capitán Trueno, la historia clásica... Yo empecé a escribir muy joven, cuentos desde los diez años, aunque sin ninguna pretensión.

Pero para Gadir no tenía desencadenante hasta que me topo con la figura de Posidonio de Apamea, cuando me entero que hubo aquí un filósofo estoico muy conocido que escribió una cantidad enorme de material, pero del que no se ha conservado ninguna línea. Vino al templo de Melqart, vino a estudiar las mareas. Entonces, me surgió la trama con esa visita al templo.

–Ese personaje fue la excusa.

–Totalmente. Cuando veo ese filósofo griego, que además viene en el año 70 antes de Cristo. La parte del Gadir romano, de los Balbo, se ha novelado mucho, pero esto es justo antes de los Balbo.

–De hecho estamos en la frontera, en el paso de Gadir a Gades.

–Exactamente, es justo el tránsito del Gadir fenicio al Gadir romano, que es muy atrayente para novelar lo que estos cambios implican.

–Cómo dejamos de llamarnos Gadir para ser Gades.

–Los Balbo son de los primeros ciudadanos romanos que hay fuera de Roma, y todo esto viene de que en las guerras con Cartago, Gadir se pone de parte de Roma. Así, se libran del exterminio y, además, los romanos se dan cuenta que pueden tener aquí una ciudad aliada. A partir de ahí, mantiene el estatus de ciudad aliada que durante mucho tiempo conservó, con un pacto por el cual se libraron de pagar impuestos a Roma y de tener una guarnición. No pasa como en Cartago, que la arrasan. Aquí se sigue hablando púnico durante siglos, igual que en el norte de África. Y siguieron manteniendo su derecho, su religión, con las tensiones que se describen en la novela, porque los romanos no toleraban los sacrificios humanos y no veían con buenos ojos la prostitución ritual. Sin embargo, adoptan a Melqart, que para ellos es Hércules.

–Julio César lo visita.

–Exacto, el templo de Melqart perdura, mientras que los otros desaparecen como muestras más significativas de la cultura cananea que los romanos despreciaban.

–O sea, que los fenicios y los romanos convivieron en Gadir.

–En Gadir y en el norte de África, con la excepción de Cartago. Y en la propia fenicia, en Tiro, Sidón... Aunque allí en esa época no se hablaba apenas cananeo, sino arameo. El paso de una lengua fenicia, púnica, escrita en caracteres cuneiformes a una lengua romana es un cambio importante y, sobre todo, un cambio cultural.

–Llama la atención en la figura de Posidonio su condición de filósofo, de sabio, que choca con los responsables de templo; no sé si intenta con él contraponer el conocimiento a la religión.

–Sí, para mí era un elemento importante contraponer lo que Grecia supone para nuestra cultura, que son dos aspectos fundamentales: la libertad y la razón. Y juntadas las dos, la libertad de pensamiento. Nosotros lo que hemos heredado, lo que es en buena parte nuestro ADN cultural, es el individuo pensante ejerciente de la razón. Y, por eso, es un factor muy atrayente contraponerlo a las religiones orientales donde el individuo no es importante, y donde lo relevante para el creyente es la sumisión a la voluntad divina. El hombre griego se enfrenta a los dioses de tú a tú, y al oriental ni se le ocurriría cuestionar a los dioses. Es una mirada ajena a la razón.

–¿Qué Gadir ha querido reflejar?

–Yo he intentado verlo con los ojos de la imaginación a partir de los libros que he leído, que he intentado que sean todos los que he podido. El proceso de documentación de esta novela me ha llevado años, muchos años. ¿Qué ocurre? Eso se va echando en una coctelera y al final ya no sé qué me he inventado yo y qué he sacado de alguna fuente, con lo cual me he conseguido engañarme a mí mismo, El novelista lo que pretende es engañar, suspender la credulidad del lector, hacer que por un momento esté en el Gadir del siglo I antes de Cristo. Yo no pretende terciar en ninguna polémica histórica, ni es una obra científica. Es una obra literaria, es una fábula, una ficción. Yo lo que he intentado es describir cómo creo yo que podría ser el Gadir del año 70 antes de Cristo a la luz de mis lecturas y rellenando los huecos con la imaginación. Se sabía que había varias islas, que había un canal que empieza a cegarse...

–Va incluso al Museo de Cádiz a inspirarse con los objetos fenicios. ¿A algún sitio más?

–Sí, y por supuesto he ido al yacimiento Gadir, Doña Blanca, a los restos que se exponen en el Olivillo, el Testaccio, cuando se abrieron brevemente al público... El de Gadir fue muy importante porque hasta que apareció no se tenía claro o había dudas, y algunos historiadores cuestionaban que Gadir fuera la posterior Gades. Pero yo en esas polémicas históricas no pretendo entrar. ¿Dónde estaba el templo de Melqart? Yo he tomado los rastros que hay, que son cuatro piedras y unos pocos documentos. Con eso reconstruyo ese Gadir: ¿que se parece al del año 70 o no? Para mí es secundario en el sentido de que no pretendo sentar una verdad histórica, sino engañar al lector, que él se crea que sea Gadir. Si lo consigo, como me he engañado a mí mismo, perfecto. ¿Que me tomo algunas licencias poéticas? Sí, pero muy pocas.

–¿Quizás hay más ficción que en otras novelas suyas?

–Hay más ficción que en otras novelas pero lo que es el marco histórico me he permitido muy poca ficción. Como con las guerras de esa época y, sobre todo, la figura de Pompeyo, que era el hombre más poderoso de su tiempo. Incluso está documentado que Pompeyo dijo que era discípulo de Posidonio.

–¿O con la figura de Balbo?

–Bueno, los Balbo históricos sí, pero el antepasado de los Balbo me lo invento. Parto de un presupuesto lógico, que me parece muy razonable, y es que los Balbo históricos no surgen de la nada, tienen que tener un antecedente que les pone en posición de dar ese paso a ser romanos. Pero ese antepasado de los Balbo es un cananeo, es un puro fenicio, y son sus hijos los que se convierten en romanos. Esa es la absoluta libertad que te permite la ficción. Lo que no debe hacer una ficción histórica es cambiar una verdad histórica muy acreditada por necesidades de la novela. Eso lo vemos con mucha frecuencia, pero yo intento eludirlo.

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