Concierto de Silvia Pérez Cruz y Marco Mezquida en el Teatro Falla Jugar, volar, compartir... Esto es música

  • Silvia Pérez Cruz y Marco Mezquida protagonizan un emocionante recital que transportó durante dos horas y media al Gran Teatro Falla a su mágico universo

Marco Mezquida y Silvia Pérez Cruz, en el Gran Teatro Falla. Marco Mezquida y Silvia Pérez Cruz, en el Gran Teatro Falla.

Marco Mezquida y Silvia Pérez Cruz, en el Gran Teatro Falla. / Lourdes de Vicente

Dice Silvia Pérez Cruz que hay pocas cosas que comprende de este mundo –quizás por eso se nos antoja ahora como una aparición, ahora como una suerte de Calíope o de Euterpe– sin embargo la música y todos esos otros mecanismos que son capaces de diseccionar la misma naturaleza humana no parecen un misterio para la intérprete, para la músico, que cuando encuentra un alma pareja sobre el escenario no sabe sino “jugar, volar y compartir”. Marco Mezquida –inquieto creador de paisajes musicales ahora carnosos, ahora oníricos– es esa otra mitad del billete necesaria para embarcarnos en un viaje al universo único y original de dos artistas que no hacen música, sino que son música.

Ocurrió la noche del viernes en el Gran Teatro Falla, en un escenario que no parecía un escenario sino un lugar suspendido en el espacio y el tiempo donde dos personas mantenían una íntima conversación musical que nosotros, el público, espiábamos a través de una rendija.

Una sensación posiblemente alimentada con la impronta inicial de un recital que se desplegaría durante dos horas y media. Marco tocando a su aire la melodía de My funny Valentine; Silvia tatareándola, apuntalando apenas las hechuras del tema, jugueteando con su voz; ambos, casi recreando el momento justo en el que nace el germen mismo de este encuentro musical, hace unos años en una casa del Paseo de Gràcia, él tocando esta misma melodía en un piano de pared, ella cantándola bajito...

La proyección de ese momento y, ¿por qué no?, el desarrollo ficticio de una realidad en la que los músicos continuaron compartiendo canciones y melodías queridas para ambos es la masa de la sangre que circula por este concierto... Él deslizándose por las teclas, experimentando con las cuerdas del instrumento de cola, arrebatado, formando tormentas, suave, confeccionando autopistas de seda... Ella... Ella favorecida en todos los idiomas, con decenas de culturas encontrando acomodo en su garganta, expresando con su cuerpo, que se retuerce o que se esconde bajo el piano de cola, hablando a través de su guitarra y emocionando como sólo emocionan los sabios: desde la contención.

La contención... La misma con que Ana María Moix despidió a su hermano en Mañana y que la de Palafrugell musica elevándola con el mismo fervor con el que reza la Oración del remanso (diosito de los pescadores, ¿por qué no conocía yo este tema?) o con el que lamenta a la Llorona.

Silvia descalzándose, Marco poniéndose en pie, Silvia abrazando las seis cuerdas, Marco saltando del piano de cola al de pared sin despeinarse y ambos redescubriendo al Niño mudo de Lorca o The sound of silence de Paul Simon, compartiendo con el público música y alguna que otra confesión. Que Silvia perdió el avión y que acaba de aterrizar en Cádiz, que Marco compra la tela de sus chalecos en Hong Kong, que la sesión de fotos de este proyecto se hizo en el baño de Marco que Silvia ama y siempre amará al Cádiz que le mostró Javier Galaiana...

Y entre tanto que siga el programa previsto -Asa branca, Ensumo l´abril, la impresionante Christus Factus Est , el esperadísimo bis de No surprises...- y el no previsto, que Marco quiere hacer unas canciones mallorquinas al escuchar las palmas al compás del Falla, que se lanzan a una Mechita rematada en cantes de ida y vuelta, que Silvia no olvida el Pequeño vals vienés ni a ese Gallo rojo, gallo negro que nos deja el corazón en un puño... Y entre tanto, queremos seguir jugando, volando, compartiendo con ellos, que son música.

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