Programa Ciudades Literarias del CAL Cádiz como un libro abierto

  • El Centro Andaluz de las Letras inaugura su programa Ciudades Literarias con un viaje al pasado liberal gaditano de la mano de Alberto González Troyano

El profesor Alberto González Troyano y la directora del CAL, Eva Díaz Pérez (al pie de la escalera), al incio de la ruta Ciudades Literarias en el Oratorio San Felipe. El profesor Alberto González Troyano y la directora del CAL, Eva Díaz Pérez (al pie de la escalera), al incio de la ruta Ciudades Literarias en el Oratorio San Felipe.

El profesor Alberto González Troyano y la directora del CAL, Eva Díaz Pérez (al pie de la escalera), al incio de la ruta Ciudades Literarias en el Oratorio San Felipe. / Lourdes de Vicente

Quizás no fue un paseo literario al uso, de esos en los que una calle, un balcón o una placa coqueteando con una casapuerta nos traslada a una ficción de papel, pero, sin embargo, el debut del programa Ciudades Literarias, del Centro Andaluz de las Letras, abrió la ciudad, como se abre un libro, para rescatar su mejor historia/Historia.

Quizás no fue un paseo literario al uso y el profesor Alberto González Troyano, cicerone de lujo del programa, optó por esperar a las postrimerías del recorrido para recomendar, a modo de listado, las novelas que le habían servido de basamento para construir la visita. Sin embargo, esta circunstancia no fue óbice para disfrutar de los relatos del conductor que invitó al más de medio centenar de paseantes/lectores a un viaje al pasado que tuvo al Cádiz liberal como protagonista.

Acompañado por la atenta mirada de Eva Díaz Pérez, nueva directora del Centro Andaluz de las Letras y, por ende, artífice de este programa, González Troyano defendió al pie del Oratorio San Felipe Neri como ese pasado glorioso de la ciudad no fue fruto “de una casualidad histórica” (Las Cortes) sino “cómo la ciudad llevaba años preparándose para desempeñar ese papel” porque “existía ya un caldo de cultivo”.

Un caldo de cultivo, una “mentalidad mercantil”, “una cierta permisividad de las fuerzas oscuras”, un gusto por incluir “la cultura como símbolo de distinción” que se dio en el Cádiz de finales del XVII y principios del XVIII que ha quedado reflejado, como el guía confesó casi al final del paseo, en la plaza de la Candelaria, en Trafalgar y Cádiz, dos de los imprescindibles Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, o en Un siglo llama a la puerta, de Ramón Solís.

Un nuevo modo de pensar que conformó la clase burguesa que tuvo su reflejo en la ciudad con la creación y auténtica explosión de los cafés (si en el siglo XVIII había uno o dos en la mayoría de las ciudades de España, en Cádiz se llegaron a contabilizar 35), tertulias (comandadas por mujeres) y tabernas (que por algo concluyó la visita en la calle Feduchy...) que, éstas últimas, el profesor invitó a conocer en las páginas de Los majos de Cádiz, de Palacio Valdés.

A las puertas de la Santa Cueva se habló de tradiciones que mutaban, ¡de masonería! (los curiosos encargos del marqués de Valdeíñigo a Haydn y Goya...) y de las señas de identidad de un Cádiz que parecían perderse ante tanta moda europa y tanto comercio con las Indias pero que la clase popular mantuvo con el movimiento del majismo o plebeyismo y con el sainete (gloria a Juan Ignacio González del Castillo) como máxima expresión. “Que si los burgueses tenían sus teatros genoveses o de la ópera por toda la ciudad, los majos, la clase popular de Cádiz, se agarró al barrio como plataforma y a sus propios teatros donde se hacían obras para ellos en los que se ridiculizaba esa figura del petimetre, que no era otro que ese burgués a la moda europea, y a manifestaciones como el flamenco y como los toros como señas de identidad”, detallaba González Troyano que también habló del cortejo, ese acompañante de las señoras de cierto nivel aceptado por los maridos que mantenían la buena salud de los matrimonios de conveniencia, y de otras “peculiaridades” de un Cádiz que ya sólo existe entre las páginas de los libros.

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