La Biblioteca Provincial recuerda al "primer español moderno"
El centro acoge la exposición 'Giner de los Ríos. Un andaluz de fuego', que repasa la figura del intelectual y educador, fundador de la Institución Libre de Enseñanza
Resulta que ese señor tan atildado, de pulcra calva y bigotillo decimonónico, era en realidad un tremendo moderno. El primer español moderno. Así bautizó a Giner de los Ríos el hispanista J. N. Trend. Y eso sigue siendo hoy en día, casi un siglo después de su muerte: un adelantado a su época.
El intelectual y educador rondeño fue elegido este año como autor del 2011 por el Centro Andaluz de las Letras y protagoniza Giner de los Ríos. Un andaluz de fuego, la exposición que inauguró ayer la Biblioteca Provincial.
El "moderno" Giner de los Ríos fue el introductor de las teorías krausistas en España. Fundó la Institución Libre de Enseñanza y fue uno de los impulsores de la Residencia de Estudiantes, convencido de que la educación era el elemento clave en la transformación del país. Fomentó una red de colaboraciones y relaciones artísticas y personales sin las cuales es imposible entender la llamada Edad de Plata de la intelectualidad española. Antonio Machado se contó entre sus alumnos y nombres como Juan Ramón, Ortega, Pardo Bazán, Ramón y Cajal, Unamuno o Falla, estaban entre sus colaboradores.
El humanismo de dimensión panteísta de Giner de los Ríos empapó, de manera inevitable, todo su proyecto educativo. A la Institución Libre de Enseñanza (ILE) se acudía a disfrutar. Los niños tomaban el sol en la azotea. Las clases se impartían a menudo en el exterior, en la naturaleza, en los museos. No había exámenes y el sistema de premios y castigos quedaba desterrado, en beneficio de la autonomía y curiosidad personales. La educación era mixta y se fomentaba el aprendizaje de idiomas y la práctica del deporte -fue uno de los introductores del hockey, del fútbol, del esquí-. La ILE se declaraba "desapegada" de creencias políticas y religiosas, aunque se estudiaba la religión como fenómeno y se procuraba un clima de tolerancia ("Aquí todos queremos quemarnos vivos unos a otros -decía el propio Giner de los Ríos- y yo no quisiera verme echando chispas").
Aun ahora, muchas de estas iniciativas son consideradas, por muchos, poco menos que anatemas o ese tipo delirios fantásticos propios de países nórdicos. "Lo que más necesitan nuestros estudiantes es mayor intensidad de vida: trabajar más, sentir más, pensar más, querer más, jugar más, comer más, lavarse más, divertirse más", apuntaba en 1887 aquel señor medio inglés, de cuello almidonado, botines y barba blanca.
La revolución que promovía Giner de los Ríos era tremenda: cambiar las inercias de siglos, la esclavitud moral, el no cuestionamiento, la intelectualidad privilegiada. Decía Manuel Azaña: "La obra de Giner es tan considerable que hoy cuanto existe en España de pulcritud moral lo ha creado él".
Y probablemente sea cierto. Tan acostumbrados estamos a humaredas y pillajes varios que aún impresiona, un siglo después, toparse con su mirada. Encontrarse con la determinación, el ejemplo y las ideas de un hombre bueno.
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