El tren de borrascas deja al litoral de Cádiz malherido
Por la playa de El Palmar parece que hubiera pasado un huracán, mientras que los Caños de Meca o La Barrosa también están afectadas
Por la playa de El Palmar parece que ha pasado un huracán. El mar ha avanzado tantos metros tierra adentro que ahora la orilla empieza donde se levantan terrazas de bares, tiendas de surf y restaurantes de postín. El mar sigue bravo. Truena rabioso, como reclamando cuentas pendientes con el continente. La arena es un muestrario de naturaleza muerta. Encontramos peces, muchos peces, entre ellos una morena que con la boca abierta enseña sus afilados colmillos como si quisiera plantarle cara a un enemigo temible. También hay alguna rata ahogada y pájaros con plumajes empapados donde no queda una gota de vida. Los destrozos provocados por Leonardo y toda su caterva borrascosa tienen su monumento más representativo en las características pasarelas de madera de El Palmar. De algunas no queda nada, directamente han sido arrancadas con la fuerza de una bomba de racimo; otras se sostienen a duras penas en precario equilibrio, un mírame y no me toques que a la mínima las convertirá en basura. Por la zona hay algún guiri con cara de guiri paseando sobre el empedrado en que se ha convertido la playa mientras que los trabajadores siguen intentando limpiar la arena, el agua y el barro que han tomado posesión de sus negocios. El paisaje, con un ambiente húmedo que presagia más lluvia, es triste.
Lo peor es que la fuerza del río atmosférico que llegó del trópico también se ha sentido en el resto del frente litoral. En los Caños de Meca el escenario no es mucho mejor que en El Palmar. En la bajada de La Pequeña Lulú el océano se ha tragado la playa y sólo ha dejado rocas que salen del terreno como estalagmitas prehistóricas. El oleaje da miedo. Al menos a nosotros. Mientras lo observamos cautelosos un pibe con pinta de surfero se sitúa a nuestro lado. ¿Te vas a meter?, le pregunto. Eso venía a ver, pero está la cosa jodida, no sé yo, me responde. La simple duda me hace mirarlo como quien contempla a un soldado aliado a punto de saltar a la playa de Omaha. Están locos estos surferos.
Las olas rompen con tal fuerza contra los acantilados barbateños que los embadurna de espuma blanca. Cada embestida resuena como un estallido. A la izquierda, la bajada hacia la cala de Las Cortinas está completamente embarrada. Al llegar vemos que acaba de manera abrupta en un amasijo de hierros y rocas que, imaginamos, ha producido un derrumbe. Un poco más arriba hay una pequeña choza construida con troncos y palmas, como la que se hizo Tom Hanks en aquella película en la que interpretaba a un Robinson Crusoe moderno que adoptaba a una pelota de voleibol como su Viernes particular. Una lona azul impermeable cubre la entrada. Pensamos que quien buscara refugio dentro no lo ha debido pasar muy bien estos días.
Nos sorprende que el resto de las playas de los Caños no estén especialmente afectadas. Igual es que, como en el caso de la del Pirata, ya había poca arena que rascar. Tampoco está mal Marisucia, que es la última que inspeccionamos antes de tirar milla hacia Conil para seguir la ruta playera.
La blancura de uno de los pueblos más emblemáticos del turismo gaditano refulge por la carretera de El Palmar mientras nos vamos acercando. Sus playas tampoco son de las más afectadas. La Fontanilla ha perdido arena y tiene algún escalón pronunciado, pero la Fuente del Gallo, que habitualmente lo pasa mal cuando aprieta el invierno, mantiene el tipo. Posiblemente ayude ese refuerzo en forma de bloques, como un zócalo de hormigón, que la Demarcación de Costas ha colocado para fortalecer unos acantilados que ya han dado más que un disgusto con sus periódicos desprendimientos.
Abandonamos Conil y nos dirigimos hacia Roche por una carretera interior, entre pinares que se levantan sobre una alfombra tan verde como si la hubieran teñido para pasar revista. Es el efecto que tiene la lluvia en el campo, aunque hay muchas zonas anegadas que nos dan una idea de la magnitud del temporalazo. Echamos un rápido vistazo a las calas de Roche, donde el mar se bate con fuerza. La marea alta nos impide ver mucho más que rocas tratando de contener las grandes olas. La playa que comunica la urbanización con el Novo Sancti Petri presenta grandes escalones en algunas zonas y ha perdido bastante arena, pero nada comparable a El Palmar o los Caños.
Al llegar a la segunda pista de La Barrosa vemos que el amplio Paseo Marítimo ha sido invadido por la arena. Incluso los parterres con palmeras —donde se levanta el monumento a Rancapino— lucen enfangados. El sol, que lleva semanas escondido del temporal, asoma tímidamente la jeta, como preguntando ¿se fue ya Leonardo? Unos valientes se sientan a tomar el aperitivo en el Ohana, uno de los establecimientos chiclaneros que sigue abierto todo el año con su decoración hawaiana. Abajo, en el arenal, hay rastros de la desolación causada por los temporales. Las pailas de madera que permiten el acceso están amontonadas al tuntún, como si el tornado del Mago de Oz las hubiera levantado de sus anclajes y devuelto a la tierra de cualquier manera. No obstante, lo que más llama la atención es como el sistema dunar más cercano al paseo ha crecido tanto que lo ha rebasado, ofreciendo una imagen inédita en este invierno extremo que sufre Cádiz.
Porque la conclusión que sacamos de nuestro recorrido por varias de las playas gaditanas más populares es que habrá que trabajar mucho si se quiere que estén en perfecto estado de revista este verano. Arreglar todos los desperfectos antes de Semana Santa se antoja una quimera, sobre todo en El Palmar. Cádiz no sólo vive del turismo, pero es incuestionable que uno de los grandes motores de su economía proviene del sector servicios. El castigo que ha sufrido estas semanas ha sido duro. Las playas presentan su cara más fea. Habrá que confiar que el sol les dibuje una sonrisa.
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