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Coronavirus en Cádiz "Loli, estoy temblando, estoy solo"

  • Relato de los últimos días de Mateo Moncada, el primer anciano de la residencia de Alcalá del Valle que falleció por el covid-19

Mateo Moncada, el pasado 9 de enero, el día de su cumpleaños Mateo Moncada, el pasado 9 de enero, el día de su cumpleaños

Mateo Moncada, el pasado 9 de enero, el día de su cumpleaños

Durante nueve años, el tiempo que lleva viviendo en Francia, Dolores Moncada ha hecho el recorrido en carretera que le separaba de su familia en Gaucín y Alcalá del Valle con la alegría del reencuentro. Dieciséis horas agotadoras de coche que pasaban volando. El pasado 19 de marzo ese mismo viaje fue distinto. Interminable. Su destino era el tanatorio de Arcos. Allí se despidió de Mateo, su padre, pegada al cristal del crematorio mientras el ataúd entraba en el horno. Luego firmó decenas de papeles y, a cambio, le entregaron la caja con las cenizas de su padre. Ese fue el final de ese viaje de dieciséis horas de coche.

La última vez que Dolores vio a su padre fue el pasado 9 de enero, el día en que él cumplía 79 años. Salieron a comer fuera y hubo tarta y risas. Después de eso, Mateo pasaría su primera noche en su nuevo hogar, la residencia de ancianos de Alcalá del Valle. Al principio había costado un poco convencerle, pero Mateo se rindió a la evidencia. Sus dos hijos mayores vivían muy lejos, los dos en Francia, y él vivía en una casa solo, enganchado a su bombona de oxígeno. 13 años trabajando en una fábrica de Holanda pegado al aluminio habían hecho mella en sus pulmones.

En la residencia él se creó su propia rutina. Hombre reservado, bajaba a las comidas y por las mañanas hacía un poco de bicicleta. El resto del tiempo lo pasaba en su habitación con su radio y su televisión y su botella de oxígeno. Le gustaba estar informado, le interesaba la política y el mundo que le rodeaba. Su hija le define como un hombre culto y la radio era su ventana al mundo. Esa rutina diaria incluía dos llamadas telefónicas al día. A las siete bajaba al locutorio. Primero llamaba Dolores y media hora después llamaba su hijo. Así fue todos los día durante dos meses. Esa llamada era obligada. Dolores dejaba lo que estuviera haciendo a las siete para hablar con su padre.

Algo empezó a funcionar mal el pasado 13 de marzo. Ese día nadie atendió al teléfono cuando llamó Dolores. A ella le extrañó y llamó directamente al móvil de su padre. “Papá, ¿por qué nos has bajado?” “Está estropeado el ascensor”. “¿Y tú estás bien?” “He tenido un poquito de fiebre. 38 y medio”. “Pero papá, eso es mucha fiebre”. “Ya”.

Dolores cuenta que su padre, por el estado de sus pulmones, siempre era muy vigilante con los cuadros gripales. “En cuanto empezaba la campaña de vacunación de la gripe él era el primero en presentarse en el centro de salud”. Eso inquietó un poco a Dolores, aunque le inquietó aún más que durante los dos días siguientes el ascensor siguiera estropeado. “¿Pero no lo arreglan?” “No sé”. “Papá, ¿estás saliendo de tu habitación?” “No”. “¿Qué te ha dicho el médico?” “El médico no ha querido subir, me han dado un antibiótico”.

Ella llama la residencia, pero no consigue contactar. Duda de si coger el coche y plantarse en la residencia. Le dice a su padre que llame a Salud Responde desde su teléfono, que ella no consigue contactar desde Francia. Su padre llama, pero en Salud Responde informan a la residencia. En la residencia le regañan amablemente cuando se enteran. “Mateo, has llamado a un médico fuera. Tú sabes que eso no lo puedes hacer”.Al día siguiente Dolores recibe una llamada del alcalde de Alcalá del Valle, Rafael Aguilera. Trata de tranquilizarla: “Los abuelos están bien, no te preocupes. Están cuidados y estamos pendientes de tu padre”. Pero Dolores ya está alerta. Francia acaba de decretar el confinamiento y las noticias de España son alarmantes. Vuelve a llamar a su padre y él informa de que “están haciendo unos test, me han hecho la prueba del bastón. Todo el mundo está muy nervioso. Esta mañana me he caído. Los medicamentos que me traen no son son los míos”. “¿Estás comiendo?”. “No tengo nada de apetito, me asfixio”. “¿Te ve alguien?”. “No, Loli, estoy solo. Estoy solo...”

Dolores percibe el miedo en la voz de su padre. Dolores está desesperada, habla con su hermano, no saben que hacer, pero están determinados a bajar y llevarse a su padre de allí si en las 24 horas siguientes la situación no cambia. El jueves por la tarde recibe otra llamada del alcalde. “Tranquila, Loli, confía en nosotros. Tu padre tiene síntomas, pero no está grave. De momento no lo vamos a llevar al hospital”.

Hasta una docena de veces habla Loli con su padre durante el viernes. Se ahoga y van a trasladarlos a un hospital, no saben si a Villamartín o a Ronda. Consigue que en la residencia le digan que sí que habrá traslado y su padre será uno de ellos, pero como es de los leves irá a Villamartín. Los más graves van a ir a Ronda. Durante toda la tarde espera que se produzca el traslado. Llama al hospital de Villamartín la noche del viernes. Aún no han llegado y es más de la una de la madrugada. En el hospital le dicen que se vaya a descansar y recibirá una llamada a primera hora de la mañana. Poco antes ha hablado por última vez con su padre. “Estoy temblando, Loli, aún no me han llevado, sólo puedo estar en la cama”. “Papá, escúchame bien. Coge el móvil. No te vayas sin el móvil. Es la única manera que tengo de hablar contigo”. “Ay hija, el viaje que me espera a Villamartín...”

A las ocho de la mañana, con el cambio de turno, Dolores recibe la información del hospital de que su padre ya estaba allí. Habría llegado sobre las dos de la madrugada. En cuanto sepan algo de su estado la llamarán. Así es, sobre la una de la tarde Dolores recibe la llamada del hospital de Villamartín: “¿Hablo con Dolores Moncada?” “Sí, soy yo”. “Su padre ha fallecido”.

Al otro lado del teléfono, la voz de Dolores se quiebra. “Fue un shock, yo esperaba que me llamaran para decirme que lo habían estabilizado. En la residencia me habían dicho que el estado de mi padre era leve, que había otros más graves… yo no sabía que hacer. Llamé al móvil de mi padre en las siguientes horas, en los siguientes días. Pero mi padre no estaba. Sonaba el móvil y ya mi padre no estaba. En todos estos días no salgo de su habitación en la residencia. Siento el miedo que él tenía que sentir allí solo, en esa habitación. Ahora sólo quiero saber qué paso, qué pasó entre el 13 de marzo y el 19 de marzo en esa residencia. No sé si la culpa es de la residencia, del Ayuntamiento, de la Junta o del hospital de Villamartín. Pero quiero saber. En esa semana me volví loca, nadie me informaba, todo fue tan brusco y esa enorme distancia, tan lejos de mi padre. No puedo saber qué sucedió, todo lo que sé es lo que mi padre me contaba a través del móvil y esa es mi verdad. Y esa verdad me dice que a mi padre lo abandonaron, lo dejaron solo”.

Lo que ocurrió entre el 13 y el 19 de marzo en la residencia de Alcalá del Valle fue el caos. El virus entró en el asilo como el cuchillo en la mantequilla. La residencia, de propiedad municipal, se vio desbordada y el jueves el alcalde entregó la gestión a la Junta, que buscó una empresa de Almería para que se hiciera cargo, aunque era muy difícil encontrar personal. Nadie quería entrar en esa residencia. El lunes, dos días después de la muerte de Mateo, el alcalde habla con los medios a la puerta de la residencia. Denuncia que han sido abandonados por la Junta. El pueblo es tomado por la Guardia Civil y el Ejército. Esa misma tarde la residencia es evacuada y todos los ancianos son trasladados a La Línea. Están desconcertados. Cuando llegan, el autobús que los traslada es apedreado por un grupo de vecinos. Uno de los pocos testimonios que se ha tenido de esos ancianos describe el estupor. Algunos de ellos no querían abandonar la residencia, se agarraban a lo que fuera para que no se los llevaran. Y en ese testimonio hay un recuerdo para Mateo. “Mateo se quedó allí. Mateo murió”.

Su hija Dolores quiere tener un recuerdo en vida de su padre. Ese cumpleaños, el 9 de enero, cuando él, que era un poco dandi, coqueto, se encontraba tan bien y pudieron disfrutar todos juntos y hablaron de que ahora en la residencia estaría más cuidado, que alguien le atendería si se desmayaba, que estarían pendientes de su medicación y que sus hijos, tan lejos, vivirían más tranquilos sabiendo que él no estaba solo. Que él con su televisión y su radio estaría al tanto de lo que pasaba en este país y que sus hijos le llamarían todos los días y cada pocos meses bajarían a verle y saldrían a dar paseos. Era 9 de enero. Su cumpleaños.

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