Silencio
Sobre la Academia
Los académicos de Santa Cecilia continúan escribiendo sobre la entidad. Hoy es el turno de Juan Valentín Fernández de la Gala.
Juan Gómez Benítez aporta su análisis sobre la actualidad de la Academia de Bellas Artes Santa Cecilia
Eran los años finales de su vida y el doctor Federico Rubio alentó a sus paisanos portuenses a crear una escuela donde el talento y la afición local por las artes encontrase el invernadero feliz que esa planta tan delicada necesita. Con su ojo clínico de cirujano experto había visto siempre el brillo de la habilidad en muchos jóvenes portuenses, condenados al sota, caballo y rey de las salinas, la pesca y las bodegas y quizá a un ocio igualmente estrecho de tascas, barajas y correrías sin rumbo.
Pocos días después, un buen ramillete de ciudadanos cultos, que entendían bien que la cultura no debía ser un privilegio de clase sino una conquista del civismo, recogió el guante de aquella propuesta del doctor Rubio y así nació oficialmente, al atardecer de un día de diciembre de 1900, la Academia de Bellas Artes Santa Cecilia. A comienzos de enero ya sonaban dos pianos bien afinados en la primera sede de la calle Larga. Y el día 15 de ese mismo mes arrancaron los cursos de música, solfeo, dibujo artístico, dibujo lineal, modelado e historia del arte con un centenar alumnos. De 7 a 9 de la tarde, terminadas las tareas escolares o las faenas de la fábrica o la oficina, la Academia se llenaba de gentes de la más diversa edad y condición, que compartían, sin embargo, una misma complicidad por el arte y sentían que, de 7 a 9, su vida se levantaba por dos horas de los adoquines del suelo.
Pronto aquel primer espacio quedó pequeño para un sueño tan grande y la municipalidad, consciente de la extraordinaria contribución de la Academia, puso a su disposición el Convento de Santo Domingo y, en los últimos años, el hermoso palacio de la Marquesa de la Candia, que levanta su fachada barroca en la calle Pagador, al sol de una plaza amable donde todavía juegan los niños.
Y parece que esta itinerancia nómada por las calles y plazas de El Puerto formara parte del inquieto destino de nuestra Academia porque, en estos días, los cimientos del vetusto palacio se resienten por el paso del tiempo y las vigas se empiezan a vencer y a crujir quejumbrosas bajo el peso apabullante de sus siglos de historia. Por eso ha habido que cerrar las puertas. Así que todo aquel ímpetu nacido en el primer albor del siglo XX, aquel ajetreo de arpegios y caballetes se ha detenido por una vez después de 125 años, aguardando alguna solución. Y por eso hoy los dos pianos guardarán silencio.
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