Crisis del coronavirus/Educación De la confianza a la reinvención

Un aula vacía de un instituto. Un aula vacía de un instituto.

Un aula vacía de un instituto. / D.C.

Me inspira tomar las palabras y observarlas de una en una. Por ejemplo, hoy pienso en el verbo “confiar” y comienzo a escribir. Las palabras nos hablan con una voz íntima. Si acudimos a su historia, resultan aún más elocuentes. Así, atendiendo a su etimología, la palabra “confiar” se desdobla en sentidos especiales: compartir la fe o la lealtad, creer con alguien en algo… Al teclado de mi ordenador se le están borrando las letras pero mis dedos tienen memoria y de este modo me concentro ahora en ese prefijo: con… Está en “compartir”, en “compadecer”, en “considerar”, en “convivir”… Esa sílaba, ese prefijo, tiene que ver con aquello que hacemos con otros, lo que nos pone en contacto con el mundo, más allá del aislamiento. También el verbo “confiar” nos saca de la autosuficiencia.

Esperanza Mateos Donaire es directora del IES Pintor Juan Lara. Esperanza Mateos Donaire es directora del IES Pintor Juan Lara.

Esperanza Mateos Donaire es directora del IES Pintor Juan Lara.

Hoy, ese verbo me hace pensar en mi oficio. Yo soy profesora. No hace mucho, en un Erasmus en Finlandia, pregunté a un colega de aquel país por la clave del éxito de su sistema educativo. Me respondió: “Tenemos la confianza de las familias”. Yo había esperado que hablase de la inversión, los recursos, la conciencia cívica o el apoyo de los políticos. Y, sí, luego habló de eso. Pero la primera respuesta que acudió a su mente, como el rayo, fue que las familias confían en los profesores. Pensé: “Eso no lo tenemos, desde hace décadas, los docentes españoles”. Pero, como la mayoría de mis colegas, a veces me lanzo de cabeza contra cualquier pronóstico. Por eso ahora les digo a ustedes, padres y madres de estudiantes: confíen en nosotros. No lo hicieron antes pero háganlo ahora. Ahora, en los tiempos del desconcierto, de la alarma, del confinamiento, de lo insólito, el tiempo de los centros escolares cerrados y las calles solitarias.

Llevo en este oficio más de la mitad de mi vida. Es un oficio de valientes. Pasan los años como nubes, como borrascas, como estaciones, y veo, echando la vista atrás, que desde hace mucho tiempo esta profesión se articula en una lucha agónica entre las adversidades y la motivación: leyes educativas cambiantes, nacidas de guerras políticas, nunca de pactos de estado; décadas desarrollando la magnífica tarea de enseñar a menudo sin recursos materiales, casi nunca con reconocimiento y, siempre, conciliando a diario intereses y conductas de doscientos alumnos, a veces más… Y mientras tanto, cuánta creatividad para convencer o disuadir; para ser flexibles, serios, empáticos o claros, y saber en qué momento hay que ser cada cosa; para arrojar luz sobre los rudimentos de la convivencia; para sacar de nuestros alumnos lo mejor de sí mismos; cuánto empeño obstinado en inocular valores en los conocimientos, valores claros para todos, pero nunca respaldados en la práctica por las instituciones, ni por los políticos, ni siquiera por las costumbres sociales.

"Estamos reinventando todo un sistema educativo para un paréntesis provisional. No vamos a dejar a los alumnos solos en este proceso"

Parecía que no podíamos tenerlo más difícil hasta que, de pronto, se presentó una situación inconcebible: un virus nos dejó en cuarentena y hubo que cerrar los centros educativos. El mundo se nos puso a todos patas arriba. Pero, en un solo fin de semana y con los servidores corporativos colapsados, los profesores diseñamos cauces de comunicación, fuimos resolutivos e imaginativos y nos las apañamos como hizo falta para seguir estando presentes. Dicen algunos de ustedes que enviamos demasiadas tareas, que agobiamos, que no estamos organizados… ¿Acaso alguien, un solo ciudadano, tenía preparada una estrategia para algo como esto? Por no hablar de las autoridades… Piénsenlo dos veces, por favor. Y luego colaboren con nosotros. Verán cómo hasta podemos dosificar y encauzar en pocos días. Miren: estamos reinventando todo un sistema educativo para un paréntesis provisional. Ingeniando metodologías, concibiendo nuevos sistemas de evaluación, de seguimiento, de acompañamiento en la distancia. Todo para garantizar a nuestros alumnos que van a seguir aprendiendo y que no les vamos a dejar solos en ese proceso.

Son ahora días de espera y preocupación. Circulan dos virus. Uno tiene nombre. El otro se esconde en la incertidumbre y el miedo, pero es igual de contagioso. En medio de todo eso cada cual da lo que tiene. Nosotros, los profesores, somos gente curtida en el “más difícil todavía”. Por eso les pido confianza para abandonar el tópico discurso sobre la supuesta pobreza intelectual o crítica de los jóvenes, la desmotivación de los docentes o la desesperanza en el futuro. No les pido ilusiones vanas. Les pido que, partiendo de una reflexión serena, adopten una actitud creativa: escuchen nuestra opinión, no nos critiquen delante de sus hijos, no nos juzguen con el único fundamento de los tópicos. Confíen en nosotros. Porque nadie sabe qué vientos nos tocará afrontar cuando termine esta cuarentena. Pero sí empezamos ya a intuir que el mundo tendrá que ser distinto después de todo esto. Y si ahora debemos confiar en los médicos que nos curan, después habrá que confiar en quienes proyectamos el futuro en las aulas, en quienes educamos a la generación que construirá esa nueva forma de vivir. Vayamos asumiendo que lo que iniciamos es una reinvención.

Reinvención… “Invención…” Otra palabra inspiradora: “acción de venir una idea hacia dentro”, dice el diccionario etimológico. Sí, una idea que llega y entra en nuestro mundo, y lo transforma… Hay tantos capítulos por escribir…

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