Derribo del convento de Los Descalzos/150 años La otra memoria histórica

  • Se cumplen 150 años del derribo del convento de los Descalzos

  • En 1868 la Junta revolucionaria de El Puerto ordenó el derribo del edificio, ubicado en la actual plaza Peral

Cuadro que reproduce el Convento de los Descalzos. Cuadro que reproduce el Convento de los Descalzos.

Cuadro que reproduce el Convento de los Descalzos.

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En 1868 la Junta revolucionaria de El Puerto ordenó el derribo del convento de franciscanos descalzos para urbanizar un nuevo espacio en el centro de la ciudad, la actual Plaza Peral. Por desgracia, también ésto forma parte de la memoria histórica.En otra ocasión recordaremos la historia y el arte del singular convento barroco que los franciscanos descalzos fundaron en El Puerto en 1617, pero ahora nos detendremos en el aberrante derribo que tuvo lugar con total impunidad hace 150 años ocasionando la desaparición del edificio, retablos, imágenes, cuadros y otras muestras de patrimonio de gran interés artístico.

Al convento de los Descalzos no le afectaron los decretos desamortizadores de 1836 porque no tenía propiedades rústicas o urbanas (la austeridad de la orden lo impedía). La ocupación por el Estado o el municipio del inmueble fue rechazada por el arzobispado de Sevilla al pretender convertirlo en parroquia, considerar el asunto una operación mercantilista porque se incrementaría el valor de las fincas lindantes y porque en El Puerto existían ya muchas plazas y parques.

En un principio pasó a ser efímera casa de acogida para necesitados hasta que la revolución “gloriosa” que derrocó la monarquía borbónica de Isabel II en España estalló en El Puerto el 19 de septiembre de 1868. Y su Junta Revolucionaria, controlada por el Partido Demócrata y la Unión Liberal y presidida por Francisco Antonio Barreda, decretó una serie de medidas de carácter anticlerical. En las dos primeras semanas de octubre, además de la expulsión de franciscanos, jesuitas y misioneros de Filipinas de la ciudad, incautó el convento de san Juan de Dios y se ensañó con el convento de los descalzos de especial manera, ordenando su derribo y destruyéndolo en su totalidad.El 21 de septiembre de 1868, la Junta revolucionaria toma la decisión de expulsar a los franciscanos descalzos de la ciudad “con el fin de evitar un conflicto en la población” e invitar a sus frailes a que “se ausenten lo más pronto posible de esta ciudad”. Tras su marcha, el siguiente acuerdo unánime tomado el 1 de octubre fue derribar el convento, proceso que tuvo lugar entre octubre y noviembre de ese año. La razón esgrimida para materializar dicha medida fue la necesidad de crear un espacio urbano como “paseo de invierno en el centro de la población (…) con las circunstancias que exige la categoría y cultura de esta Ciudad”. Se acuerda también enviar un oficio al Arcipreste para que efectúe el desalojo de las pertenencias sagradas “en el término de 48 horas” y se encargan las obras del derribo “con la urgencia que el caso requiere” al arquitecto Adulfo del Castillo, quien se ocuparía también de proyectar una plaza pública en el solar.

Y la promesa fue cumplida sin atenderse las protestas de un numeroso grupo de personas que mediante una instancia al Ayuntamiento trataron de impedirlo, porque -arguyó el cabildo- la decisión ya estaba tomada. La Junta no se volvió atrás y las tareas de demolición se sucedieron entre el 5 de octubre y el 14 de noviembre de 1868.

En las obras de derribo se gastaron del Pósito público 10.000 ducados. Los materiales de construcción procedentes del mismo se subastaron desde el 16 de octubre y fueron vendidos a particulares. El Ayuntamiento destinó algunos para obras públicas (terraplén en el paseo del Vergel, plaza de abastos o incluso el edificio convertido en Ayuntamiento).

Entre 1869 y 1874 se suceden propuestas para ordenar el espacio resultante tras la desaparición del convento. En la zona de jardín y cementerio de éste se construyó entre 1877 y 1897 el edificio neoclásico que actualmente se levanta en el frente principal de la plaza. Proyectado para Juzgados por Adulfo del Castillo, acogió una Escuela superior de niños y, desde 1897 pasaría a ser la sede del Ayuntamiento hasta 1975, como actualmente desde 2014.

Pero el plan previsto para convertir el solar del convento de los Descalzos en plaza pública (aquel “paseo de invierno” que tanto urgía acometer en el centro de la ciudad) tardaría 23 años en materializarse. Un primer proyecto de 1889 a cargo de Miguel Palacios se desestimó por su elevado coste. El simplificado de 1891 de este mismo arquitecto fue el que se llevó a cabo y permaneció con ligeras reformas hasta 1994, cuando se desmanteló la centenaria plaza (aquella que debió llamarse de la Libertad pero que todo el mundo acabó conociéndola primero como Plaza de los Descalzos y después de Isaac Peral) para construir un aparcamiento subterráneo en ella.

El propio Ayuntamiento reconoció en 1877 los “errores” cometidos

De todo lo expuesto cabría preguntarse por aquella necesidad de derribar este convento de El Puerto. Por ejemplo, ¿la expulsión de los descalzos se hizo para “evitar un conflicto en la población”?, ¿”la categoría y cultura de esta Ciudad” se demuestra deshaciéndose de su patrimonio?, ¿tanta prisa había como para ordenar el desalojo de las pertenencias sagradas “en el término de 48 horas” y encargar las obras del derribo “con la urgencia que el caso requiere”? También nos asaltan otras dudas como ¿por qué se despreciaron las protestas de quienes trataron de impedir el derribo? O, si tanto urgía esa demolición, ¿por qué permanecieron en el solar más de 5 años los cimientos y escombros? El propio ayuntamiento reconoce en 1877 “los errores que se cometieron”, aunque tampoco hace viable aquel proyecto porque 23 años más tarde todavía no se había construido la absolutamente necesaria plaza pública. En fin…

Desaprensivos, ignorantes y vándalos los ha habido en todos los tiempos

Ahora, 150 años después, me viene a la memoria aquella famosa frase atribuida al emperador Carlos I cuando visitó la mezquita-catedral de Córdoba y expresó: “Habéis destruido lo que era único en el mundo, y habéis puesto en su lugar lo que se puede ver en todas partes”. El convento derribado no sería único en el mundo, pero a juicio de quienes lo conocieron, se trataba de “lo más vistoso de este Puerto” (Ruiz de Cortázar) y “la más suntuosa y principal iglesia que tuvieron en la provincia los conventos alcantarinos” (Hipólito Sancho). Y es que desaprensivos, ignorantes y vándalos no sólo fueron los angloholandeses y franceses. Los ha habido en todos los tiempos y por muy distintas intenciones. Ninguno de ellos, lamentablememte, tuvo en cuenta los valores estéticos, históricos y religiosos de tantos castigados y desgraciados monumentos de El Puerto. No hace falta consultar a una “comisión de expertos” tales desmanes, tan objetivos como despreciables. Y es que seguimos sin aprender de los errores del pasado. ¡Qué pena!

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