España en clave de comparsa

Tribuna

La diputada de Sumar hace un símil de los papeles en las voces de estas agrupaciones con la política nacional repartiendo roles y defendiendo la dirección conjunta de Díaz y Rufián para el proyecto de izquierdas

Esther Gil de Reboleño: "Es imprescindible que en Cádiz se genere una coalición de izquierdas fuerte para las municipales”

Una imagen de una comparsa sobre las tablas del Gran Teatro Falla.
Una imagen de una comparsa sobre las tablas del Gran Teatro Falla. / Miguel Gómez
Esther Gil de Reboleño
- Vicepresidenta tercera del Congreso de los Diputados

18 de febrero 2026 - 07:00

En Cádiz lo sabemos desde el primer ensayo, una comparsa no se sostiene solo con letras bonitas. Se sostiene con colocación, afinación, empaste, intención y una cosa que en política se echa de menos, “Verdad”.

Por eso, a veces miro el panorama político como si fuera un ensayo general de una agrupación que se prepara para el COAC. Y se ve rápido quién está para que el conjunto suene…, y quién está para lucirse, aunque el grupo se descomponga.

En una agrupación hay papeles muy definidos. Está la punta jurado, que da la cara, si falla, se nota; si acierta, también. Está el tenor, que suele llevar la melodía y arrastra al resto. Están las segundas, la columna vertebral, si están finas, el grupo suena redondo. Está el contralto, que pone el suelo, el cuerpo, la base. Está la octavillita, que corona arriba y emociona cuando entra con precisión. Y luego está el personaje universal, el mascaletra. Ese que hace como que se sabe la letra, pero va tirando de “larará”, inventando palabras y mirando al de al lado para salvarse.

La política, como el Carnaval, se escucha. Y la gente , el jurado de verdad, distingue empaste de postureo.

Si miramos al escenario del Gobierno, Pedro Sánchez canta de tenor, entra y ocupa el centro, marca el paso, organiza el ritmo. Un tenor bien llevado da claridad, se entiende la letra, el grupo respira, el conjunto avanza. El problema del tenor no es cantar. El problema es cuando cree que todo se arregla subiendo el tono, más épica, más titular, más remate arriba. Ahí aparece la tentación de la octavilla, el brillo que emociona un segundo, pero que si se convierte en forma de gobernar deja al grupo sin aire. Porque gobernar no es sonar fuerte, es hacer que el conjunto llegue y que la letra se convierta en hechos, no en fuegos artificiales.

Y claro, cuando el tenor aprieta, la oposición se coloca donde más se ve. Feijóo se pone de punta jurado, cara al frente, gesto serio, buscando que cada movimiento se lea nítido en primera fila. Y una buena punta es eso, referencia, colocación, seguridad. Pero cuando la punta se queda en pose y en “yo me lo sé”, aparece el mascaletra político, que parece que domina la letra, pero cuando toca concretar (propuesta, solución, acuerdo útil) se oyen los huecos, los “tarará” y la mirada al de al lado. Una oposición que solo señala no empasta. Y si no empasta, no mejora la canción, la enreda.

Mientras tanto, más al sur, el escenario andaluz juega su propia función. Juanma Moreno encaja como segunda, ese perfil de estabilidad, de “tranquilidad”, de mantener el acorde sin estridencias. Las segundas son decisivas, dan cuerpo, sostienen el grupo y hacen que la melodía no se quede sola. El problema llega cuando esa segunda se acomoda y se convierte en rutina, y el poder usa el contraalto como un grave para tapar: “todo va bien”, “no hay problema”, “no exageren”. Un contraalto debería ser base social y protección de lo público; no un tono bajo para que la gente no mire donde duele. Andalucía no necesita que le canten bajito para que no se note nada. Necesita que se note lo que se hace.

Y en ese clima, cuando unos se acomodan y otros posan, siempre aparece quien entra arriba del todo para que solo se escuche su nota. Abascal entra como octavillita, pero no para coronar bonito, entra para imponerse por arriba, para que el ruido se coma el conjunto. La octavilla bien usada emociona porque entra precisa, afinada, con sentido. La octavilla usada como arma revienta el acorde y deja una sensación de mucho volumen y poca música. Y en democracia, el grito fácil puede dar aplauso rápido, pero deja el país más crispado, más roto, más cansado. No construye, descompone.

Y aquí viene lo que de verdad decide si esto suena o si se queda en ensayo eterno: la dirección. Porque puedes tener tenores con foco, segundas con oficio y contraaltos con base, pero si nadie marca entradas, coloca voces y pone el norte, aquello acaba en cada uno cantando su lucimiento.

En este momento, lo esperanzador es imaginar una dirección a dos para la izquierda progresista: Yolanda Díaz y Gabriel Rufián, como dos batutas distintas y complementarias, si se ponen al servicio del conjunto. Yolanda Díaz, directora de oído fino, la que insiste en que esto va de movilizar y de que “todo lo que sume” es bienvenido, sin convertirlo en un casting de egos o de marcas. Esa directora, que además carga con el listón injusto de tener que mandar “sin molestar”, es la que, en términos de comparsa, no permite mascaletras. Aquí no se viene a mover la boca; aquí se viene con letra, método y base social.

Gabriel Rufián, por su parte, director de escenario, el que lee el patio de butacas, aprieta el tempo del debate público y empuja la conversación sobre un frente amplio/plurinacional a la izquierda del PSOE.

Eso sí, como en cualquier agrupación, también se ve la tensión de camerino. ¿Dónde está la esperanza, entonces? En que esas dos direcciones se entiendan como se entiende una comparsa buena, una batuta para el empaste y otra para la escena, sin competir por el foco. Yolanda poniendo orden de conjunto, que las segundas sostengan, que el contralto sea base social, que nadie vaya de mascaletra. Y Rufián metiendo intención para que la letra llegue al público sin volverse plana.

Porque si la izquierda progresista quiere sonar a futuro, tiene que hacer lo más difícil, unidad sin uniformidad, pluralidad sin dispersión y dirección sin caudillismo. Y eso, en Cádiz, tiene traducción sencilla: menos solistas…, y más comparsa a compás.

En el teatro Falla se escucha todo. Y en democracia también. La gente sabe cuándo hay empaste y cuándo hay teatro. Aquí no se puntúa el ego, se puntúa el conjunto.

Y en política, como en comparsa, sin empaste no hay proyecto.

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