El partido de mi vida por David De la Cruz

06 de mayo 2020 - 06:39

El partido de mi vida. La tarde del 24 de mayo del 2003, mi madre salió del dormitorio con el bolso colgado al hombro, se detuvo delante de mi padre, entre la butaca y el televisor, y con un gesto firme, en el que señalaba la puerta con la cabeza, escupió tres palabras: "Venga, nos vamos". Mi padre miró hacia el sofá. Allí estábamos contemplando la escena mis dos hermanos y yo. Ninguno se atrevió a posicionarse. Entonces mi padre, con una mueca de resignación en el rostro, se levantó lentamente de la butaca. Dejó el mando sobre la mesa, se dirigió a la puerta donde mi madre esperaba con el bolso e intentó balbucear una frase que vino a decir algo parecido a: "Esta mujer siempre...". No llegó a terminarla. Mi madre antes cortó en seco: "De esta mujer nada. Si te da un infarto, quien te aguanta luego soy yo". Así zanjó lo que no llegó siquiera a convertirse en una discusión. El siguiente sonido fue el del ascensor llegando a la planta. El silencio nervioso de mis dos hermanos y yo. La tele de fondo. Y, sin que nadie lo reconociera en voz alta, alivio por lo que acababa de ocurrir. Pese a la injusticia que suponía para mi padre. Porque la tarde del 24 de mayo del 2003, el Cádiz se enfrentaba al Logroñés en el primer partido de la liguilla de ascenso a Segunda División. Y los encuentros previos, mi padre estuvo al borde del colapso en esas retransmisiones intensas de Theo Vargas a través de la radio. Ahora pagaba su penitencia. Aunque quizás incluso él prefiriera ahorrarse ese sufrimiento a la vista de su escasa resistencia. Fueron 90 minutos espesos y trabados en el Nuevo Las Gaunas. Empezó adelantándose el equipo de Logroño. Terminó remontando el Cádiz de penalti. Vencimos por 1-2 y quedó para siempre en el recuerdo esa jugada antológica de David Palacios en la banda izquierda. Lanzó un caño ante dos defensas, se fue muy pegadito a la línea de fondo. Centro con aquella zurda milimétrica. Cabezazo y gol. Una jugada que intentamos imitar todos los niños de la ciudad durante los meses de verano en aquellas tardes interminables de playa. Sin embargo, aquel choque de liguilla no finalizó con el pitido final del árbitro. Ni siquiera acabó mientras los jugadores iban pasando por los micrófonos. Ni cuando apagamos la tele, abrazados y felices, haciendo cuentas y números para acariciar el ascenso. El fútbol terminó cuando el sonido del ascensor anunció el regreso de mis padres. Él con la cabeza alta. Ella con una sonrisa de satisfacción. Mi padre exigía cada detalle. Un interrogatorio rápido en el concluía cada frase con un "qué bueno es Palacios". Cuando no le quedaron más preguntas, hice una que le desconcertó: "Y ustedes qué". "En la bahía", dijo mientras encogía los hombros. Habían estado en la bahía. Primero en un banco. Luego unos pasos. Pendiente siempre de los sonidos que se escapaban de los balcones. Celebrando los gritos de alegría, confundido con los "uy" y lamentándose de las quejas que se escapaban por las ventanas. "Yo no sé si ha sido peor", concluyó mi madre. Aunque no debió serlo porque repitió la fórmula durante el resto de la liguilla. Más de un lustro después, acudí al cine a ver una película de Ricardo Darín, 'El Secreto de sus ojos'. Y una escena, aquella del bar que se ha convertido en leyenda: "Pero hay una cosa que no puedes cambiar. No puedes cambiar de pasión". Entonces recordé la tarde del 24 de mayo del 2003. Y entendí, sólo entonces comprendí, que el partido de mi vida no se jugó en las Gaunas, sino en el Paseo de la Bahía.

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