El partido de mi vida por Alberto Grimaldi
Nunca hubo dilema
El fútbol tiene algo mágico, y no me refiero a aquel inolvidable salvadoreño que, como a tantos gaditanos, me hizo vivir lo increíble de niño y adolescente como socio del banco de pista, primero, y de la tribuna, después. La pelota tiene algo que trasciende de la competición: es emoción, sentimiento. “No hay nada mejor que ayude a expresar los sentimientos de los hombres, educados para ocultarlos, que el deporte y el fútbol en particular”. La frase de mi amigo Rubén Almagro es para esculpirla. En blanco y negro, como su corazón balono.
Con esa premisa, decidirse por un partido que defina mi afición al fútbol puede que a priori parezca difícil. Pero en realidad no hay dilema. Nunca lo hubo.
Lo digo porque cuento por decenas las veces que me han preguntado no sólo cómo un tipo de Cádiz puede ser tan culé, a lo que yo siempre respondo que soy más cadista. Incluso mis íntimos lo rebaten, porque del Cádiz exitoso desde aquellos años 80 de mi infancia y 90 de mi primera juventud se pasó a una larguísima etapa en Segunda B, con el paréntesis del ascenso a Primera de 2005 en Jerez —un partido que viví con mi querido Isidoro Porquicho en Chapín y que se queda en el podio— y el Barça ha vivido en estos años la mejor etapa de su historia, gracias, sobre todo, a Lionel Messi.
El partido de mi vida cumple hoy 29 años, los mismos que yo llevo juntando letras en mi oficio. Aquel 11 de mayo, sábado para más señas, el primer Barça de Johan Cruyff vino a Cádiz para festejar la que sería la primera de las ligas delDream Team. Le bastaba con ganar a mi equipo, el amarillo, que si perdía se metía en puestos de descenso a un suspiro de que terminase la Liga.
Del autobús no sólo bajó El flaco y su plantilla, la que ganaría la primera Copa de Europa culé un año y ocho días después. Con Laudrup, Bakero, Koeman o Salinas al Carranza —siempre será el Carranza le cambien el nombre o no— entraron cajas de champán francés y no de cava que había aportado Julio Alberto para celebrar en su despedida como blaugrana un Aquest any si que no se repetía desde 1985. Un título, el de Liga, que ese equipo levantó cuatro veces consecutivas. Pero las cajas volvieron a Barcelona tan precintadas como llegaron.
La épica emoción y el sentimiento de alegría de aquel triunfo del Cádiz sobre el Barça nunca lo he revivido al mismo nivel.
Yo acudí al estadio como solía, con mi padre y con mi hermano mayor, también Antonio, para ocupar uno de los últimos escalones de aquella vieja tribuna cubierta. Trabajaba ya en la calle Ceballos, donde aprendí el oficio como meritorio en Diario de Cádiz.
El ambiente previo, con el estadio llenándose, era de gran tarde en la que, al contrario del dicho taurino, la expectativa no fue antesala de decepción. Al contrario.
Al Cádiz, que venía de puntuar frente al Atlético (0-0 en el Calderón), se le puso de cara el partido desde el inicio. No habrían pasado ni cinco minutos del pitido inicial cuando el Cádiz del tándem Blanco-Buenaventura (Lorenzo, uno de lo mejores preparadores físicos de la historia, ponía el título de entrenador nacional pero Ramón dirigía aquel bragado Cádiz de contención y contraataque) abriese el marcador con una internada de Barla por la banda izquierda que centró directo a Pepe Mejías, el mejor chut cadista que retengo en mi memoria, quien metió ese gol de un memorable cabezazo.
La alegría estalló en la grada que, lejos de pensar que sería el tanto del honor de una remontada blaugrana, creyó en que era posible ganar al líder y dar un paso decisivo para obrar otro milagro amarillo.
El equipo respondía con la misma decisión. Dos ocasiones claras tuvo Dertycia antes que Quevedo hiciese el segundo: de nuevo Barla por la izquierda centra algo pasado, Jose cabecea y Quevedo la rompe dentro de los tres palos del viejo Fondo Sur semicircular.
El cordobés de Argentina logró su objetivo apenas superada la media hora y en una de sus típicas arrancadas al contragolpe batió a Zubizarreta. 3-0 al descanso. Y no era un sueño, miles de cadistas estábamos viviendo algo histórico.
A la vuelta poco cambió. Como en el primer tiempo, de buenas a primeras el Cádiz marcó: Mejías pasó en largo a Quevedo, que corrió la banda derecha y sentenció con el cuarto a Zubi, que no es que tuviera un mal día. Al contrario, evitó varias veces después la manita. El viñero hizo que la pendiente humana que era aquel Fondo Norte estallara por cuarta vez de júbilo, instantáneamente seguidos por los aficionados de Preferencia, Tribuna y Fondo Sur.
El Barça tuvo que descorchar el espumoso en Barcelona, de vuelta y al día siguiente, cuando en el viejo Atocha, que estaba a un par de años de la jubilación, la Real Sociedad ganó 2-1 al Atlético e hizo matemático el alirón. Y el Cádiz se llevó unos puntos impensables —dos por triunfo todavía— sin los que la permanencia no habría sido posible, por más que ganase después al Sevilla y agónicamente al Zaragoza con gol de Quico (se me quedó de Paco Perea, que imponía que lo escribiésemos así) en el último suspiro. Ni aquella euforia por jugar la promoción ni quedarse un año más en Primera en los penaltis frente al Málaga superarían lo vivido más de un mes antes en aquel partido de mi vida, el que deshace cualquier dilema: soy más cadista que culé.
Alberto Grimaldi Mijares
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