Salvador Sostres como Antonio Yélamo
MASADÁ SALVADOR SOSTRES Saber ir a la ciudad
«LO QUE más fatiga al necio (Eclesiastés, 10:15) es no saber ir a la ciudad». Hay que saber ir a la ciudad, y qué aperitivo ordenar, y cómo hablar a los camareros. Hay que dejar de correr, y de poner el ímpetu en lo físico, y el esfuerzo en lo muscular. La adolescencia y la juventud son vanidad, y el culto al cuerpo una grotesca pérdida de tiempo del necio que no sabe ir a la ciudad. El movimiento, lo dice Balzac, es contrario a la elegancia. Hay que estarse quieto y observar, procurar ser profundo e ingenioso, sustancial pero sin incordiar, intenso pero nunca agobiante, como las cartas otoñales de los buenos restaurantes. El deporte sólo puede ser divertido como un simbolismo esnob. Pertenecer a clubes de tenis o de golf cuya cuota mensual ascienda más que la del colegio privado de tus hijos, eso sí que tiene gracia. Desplazarte a Courchevel o a St. Moritz, alojarte en los grandes hoteles y conocer su gastronomía tiene también un pase, aunque luego por la mañana sientas el lamentable impulso de quererte deslizar por una de esas pistas, espero que por lo menos debidamente trabajada por todo tipo de máquinas -la nieve virgen es muy ordinaria, como todo lo que no ha sido domesticado por la mano humana-. Por lo demás, pasear por la ciudad es lo saludable y lo educado, y lo que hacemos las personas razonables. En cambio he observado que muchos de los que se pasan el fin de semana montados en una bicicleta, o corriendo como conejos por las montañas, sufren cualquier tipo de inseguridad intelectual, y abandonarse a la sinrazón de lo físico es su modo de evadirse de la frustración de haber fracasado en actividades en que se precisaba inteligencia y agilidad mental; y por ello se fatigan con sacrificios estériles, porque «no saben ir a la ciudad». A lo único que hay que ir al monte es a cazar. ¡Pam! ¡Qué buena escopetada! Valentí Puig lo escribió: la cocina de caza tiene estas cosas, antes hay que disparar. El talento es una gracia, como la liebre à la royale. Hay que «saber ir a la ciudad». La ciudad que tanto estresa al débil y de la que tanto quieren desconectar los apologetas del siniestro aire puro y de lo medioambiental. La ciudad es la metáfora de la virilidad y en los que desprecian el asfalto hay derrota acumulada y complejo de inferioridad.
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