Reyes Magos
El iPhone de Juan Lebrón. Juan Miguel Vega en El Mundo
LA INMENSIDAD azul del mar se extendía ante él aquella mañana de incertidumbres y miedos tal si fuese una metáfora inabarcable de la eternidad. Era la misma calma cristalina donde Dios se vio reflejado el día de la creación, el mismo espejo que refractó la luz del sol cada una de las veces que desde aquel primer día el monarca de los astros cruzó la bóveda celeste. El poderoso gigante vencedor del tiempo se mostraba, sin embargo, afable y hasta acudía manso a lamer sus pies, llenándolos de caricias saladas y transparentes. Cáncer, le había dicho el médico. Inapelable. No era un diagnóstico, era una sentencia. Las amarras del nudo gordiano de su vida se estaban soltando y el desenlace había comenzado a ponerse en marcha. Tragó saliva y con el funesto papel aún en la mano, Juan Lebrón se fue a Rota para estar junto a la mar, que es el morir. Y allí se determinó a esperar la hora. Mientras llegaba y no, llenó el tiempo retratando la luz, el mar y el aire con un iphone, consciente de que cada una de las veces que lo hacía podía ser la última. Acaso llevado por la afligida necesidad de postergar ese instante, Juan pulsó frenéticamente la tecla de la cámara de su teléfono, hasta llenarle la memoria de salitre, espumas y olas. Sin saberlo, estaba realizando el mejor documental que había hecho en toda su larga vida, esa vida que entonces parecía acabarse, de laureado profesional del cine y la televisión. Él que, como el sol, había recorrido el mundo entero tantas veces portando una sofisticada cámara al hombro en busca de la verdad, se encontró al fin con ella cara a cara en la soledad de una playa de Rota. Y para retratarla esta vez sólo tenía un iphone. No fue, empero, el mar, el cielo, la arena, el agua y las mareas lo que captó en esas fotos, sino el agridulce sentimiento, mezcla de agonía y esperanza, de quien está convencido de que va a morir. Era como si su propia incertidumbre se estuviera haciendo un selfie. Mas, como el mar al tiempo, Juan también logró vencer al cáncer. Regresó de Rota, se alejó del mar, que es el morir, y volvió al fárrago de lo cotidiano, a la bendita rutina. Hasta ha superado el miedo que le daba asomarse a la memoria de ese iphone, donde guarda el recuerdo pixelado de su drama convertido en el mejor reportaje que hizo jamás. La espuma de unos días que iban a ser los últimos.
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