Homenaje a Pepe Cavero. Por Diego Gadir
Recuerdo homenaje al periodista José Cavero, medio año después de su ausencia, promovido por familiares y amigos. Salón de actos de la Asociación de la Prensa de Madrid. Entrada por Claudio Coello, 98. Madrid. Viernes 30 de Noviembre de 2018. 12,00 h. Intervendrán: Pilar Cernuda, José María García, Nieves Herrero, Pedro Piqueras, Victoria Prego, Antonio Sanjosé, entre otros. –------------------------------------------------------------------------------ Mi amigo Pepe Cavero en el río de plata azul bajo los grandes tilos A su memoria Diego Gadir Pepe Cavero guardaba celosamente su memoria: encuadernaba la historia de sus días, de los días de España…Su luz trasnochada. Él era un trozo noble de la tarta española: la rancia tarta que soñaba ser renovada nube de algodón de azúcar... …Un amanecer cualquiera, el terror pondría guindas de sangre caramelizada en las esquinas… En las redacciones emergentes… A bocajarro. Enmudecería la nata de España, la triste fruta escarmentada, la escarchada tristeza española… Enmohecería la ansiada libertad. Cavero daría cuenta de ello: lo contaría todo… Casi todo. Cavero hace honor cada día a su etimología: es la zanja que drena el diluvio de los acontecimientos; el canal que desagua la palabra cotidiana; la historia ingrata del hoy presente. Desde niño, lleva un fardo de desengaño en el hombro. Un fardo amorfo que no se le hace Cruz del todo... En su hogar, tiembla un miedo sobre la mesa. Después, con nueve añitos, lo fuerzan al seminario. Ya entonces, la aorta se le va haciendo enjuto riachuelo... Estrechísimo venero. Cavero lleva sobre los hombros una arteria fina como una guillotina... Una arteria de Damocles… Una espada afilada atiborrada de angustia. Ya es carne de periodismo. Completa su rodaje y, un buen día, resume la prensa del Presidente. Diariamente, le extracta los diarios. Es el cavero que drena la historia pequeña de cada día: la intrahistoria. Danos la historia de cada día... Su fulgor y su sombra. La hogaza caliente de la historia inmediata. En Moncloa, Suárez se desayuna con los panes de Cavero... Con las harinas de Ónega. A veces, se rebozan peces; a veces, reveses. Miedo con creces: Transición. Suárez solo ve por los ojos jóvenes de zorro viejo de Pepe, de Fernando... Linces recentales. Suárez no lee más allá: no tiene tiempo material. Bajo las cejas lleva dos caveros bien abiertos para drenar el vino y la sangre de una nueva España. Puede prometer… Y promete. . Ahora es jefe de prensa del ministro Ordóñez en Justicia. Cavero lo es en justicia. Asiste al alumbramiento de la Ley del Divorcio. Cavero recorta y pega las crónicas de la anhelada victoria. Confecciona artículo tras artículo el anhelado vademécum de la Ley: las hojas de una ventana que se hace pórtico democrático. En el álbum no queda un huequito libre... No hay espacio que perder. El cronista amanuense ha creado el mejor libro de recortes del mundo sobre una ley española. Un manual de museo... Para museos. María, contándomelo, se deshace en elogios; se enorgullece del tesón y la profesionalidad de su marido; se rehace en amor; se hace fuerte: fue esto... fue aquéllo… fue todo… fue Cavero. No dejaba de drenar el lodazal diario... El cavero que no cesa. Siguen sangrando las sienes de España… Los sesos y el serrín rebozados rebosan los teletipos. Cavero cava en las cavernas de la irracionalidad... El periodismo cabal decubre la gangrena. Cavero no cabe en un trozo de papel y echa a volar la palabra por entre los blancos pliegues de la radio. Escribe y se desangra... Habla y se la va la vida por entre la dentadura del corazón. Su chorro de sabiduría empapa los micrófonos. Escribe… Habla… Sueña con un país como Dios manda... Pero Dios no le suena de nada. España le va y le viene... No pierde la esperanza. No cabe Cavero más cabal, caballero primero, caballero Cavero... Lee a Savater y a Caballero Bonald. En el jardín del ciervo nos abrimos en canal como bueyes de Rembrandt… Como despojos para una clase de anatomía. Las religiones no ligan, no riman, no razonan. Vargas Llosa las salva para los desheredados del mundo, le digo. No le convence, no le convenzo… Casi me desconvence. Sale Derrida... Entra Foucault... Albiac se alza... Se asoman Vicent y Sorel -Andrés- ...Marina y Savater aterrizan… Sale a relucuir Lamet. Sampedro, José Luis, no le traiciona... No le niega cuando en su gallinero clarea... Canta el gallo. El cielo se torna panza de burra y Nieva Paco en nuestras almas. El incendio de mi estudio le había sobrecogido. Se hizo mil seiscientos kilómetros de un tirón para darnos fuelle: nos puso los reyes, en pleno verano. No cabe amistad más necesitada, más apasionada. Cavero tenía aún, como el hayedo, el gesto mustio y el alma celeste… Ojos de hojarasca y arterias abstractas: Miró... Zóbel... Guerrero... Muñoz, Lucio. Más adelante, siluros y lucios vendrían a cerrarle los ojos. Pero aún tenía la sangre de oro y coronarias de celulosa. Sabía que a modo de mi Rosa, un día llegaría su María: celosía de amor para el susurro, cable para una resurrección, yema para un renuevo... Luz prorrompida: Santa María del carpe diem, Ave María de Schubert. Cruzó océanos de dolor. Los cruzaron juntos. Salió de acero toledano su tesón… Su tizona... Su ilusión: su nieta Iris, por entoces todo su futuro. Un día, el brazo de luchador se le cayó al suelo... A la tierra germinal... A la tierra terminal. Estaba soñando con un río lleno de lucios y siluros, un río de plata azul bajo la primavera. Me habló, por último, de un pueblo donde pescar y donde echarse a dormitar bajo los grandes tilos junto a María. Tuve que llorar para que no me ahogara la pena. Pepe Cavero: El Justo de la Vela.
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