Barbie ingeniera. Por Yolanda Vallejo.

08 de marzo 2015 - 10:51

Nunca hay nada nuevo bajo el sol, ni siquiera son nuevos los espejismos que un día nos hicieron creer que vivíamos en una sociedad igualitaria solo porque hablábamos en un lenguaje administrativamente correcto. La desoladora imagen del informe de la OCDE tampoco es nueva, aunque desde la atalaya del observatorio de género tal vez deslumbrados por la brillantez de las propuestas que salían de su ombligo, no la vieron venir. Leer el informe y las declaraciones de Montserrat Gomendio y Stefan Kapferer –lo siento, pero todos me suenan al Doctor Grijam de Mor de Chiquito de la Calzada- es lo mismo que subirse al tren del tiempo y bajarse en la parada de Canción de Juventud, una de las dos películas más ñoñas de Rocío Dúrcal –la otra es Tengo diecisiete años, que también podría valer. Año 1961, dos colegios, educación segregada, religiosa. Dos monjas modernas a cargo de un montón de niñas pavas con las hormonas revolucionadas e infundios pseudointelectuales de corto recorrido. En la acera de enfrente, un cura con muy malas pulgas y un grupo de malotes a los que no les gusta estudiar. Y mientras, canta la más tonta –no es incorrección de ningún tipo, es simplemente que es tonta- de la clase “La niña buena aprende a sumar y sigue los consejos de papá y mamá” entre otras lindezas del tipo “y me gusta leer y me gusta bordar y me gusta cantar…”. Después de eso, amores de poca monta entre unos y otros a través de la tapia que divide a los colegios, y frases para la posteridad. El guapo más guapo le dice a la misma tonta de antes –que después de todo es la protagonista- “Y pasará el tiempo, y yo me haré arquitecto y tú te harás mujer”. Ahí lo tienen, de antología. Año 2015, medio siglo después. Informe de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico ABC de la desigualdad de género en educación que analiza los resultados de los exámenes realizados a alumnos de 15 años. Las mismas frases antológicas de la película de Rocío Dúrcal, las niñas flaquean ante las matemáticas y sufren de ansiedad, son mejores en la lectura –siga cantando La niña buena-, tienen expectativas pero pocas, se enfrentan muy mal a los problemas laborales –no de labores, no nos confundamos- porque no van a lo concreto sino que se pierden en florituras y sobre todo, no tienen confianza en sí mismas porque toda la confianza se la llevan sus compañeros, los malotes que hacen pim pam y sacan las matemáticas sin problemas después de una tarde de videoconsola, sabiendo que solo a ellos les está reservado el reino delos números y de las ciencias. Igualdad era lo que se pretendía con tanto programa no sexista, con tanta coeducación y con tanto despropósito. Aunque Gomendio dice que la culpa no es esta vez de Zapatero –sin que sirva de precedente- sino de los padres y de los educadores. Ummmm. De hecho, el informe PISA ya dejaba caer que los padres ponemos mayores expectativas en los hijos que en las hijas a la hora de motivarlos a hacer carreras de ciencias, tecnologías, ingenierías o matemáticas, y dejamos para nuestras princesitas cositas de andar por casa como la Salud, la Educación o la Justicia. Ummmmm, otra vez. Dice Kapferer que no hay otro referente para las chicas. Y pone un ejemplo de lo más ilustrativo “no hay Barbies ingenieras”. Claro. Ese va a ser el problema, que sí hay Barbie enfermera –a lo clínicas Pascual-, Barbie maestra, Barbie veterinaria, e incluso tenemos a la jueza Alaya, pero no tenemos a la Barbie ingeniera. Vaya por Dios. Si la hubiesen comercializado, pues otro gallo le habría cantado al informe este porque el modelo de nuestras niñas ha sido, es y por lo visto, va a seguir siendo la Barbie. Tal vez por eso, porque no existe la muñeca árbitra de fútbol es por lo que los “científicos” y tecnólogos de El Tesorillo se dirigían a la joven auxiliar de línea con términos tan maravillosamente igualitarios como “guarra”, “zorra” y así. Y tal vez por eso es por lo que invocaban al pasado con lindezas del tipo “Ojalá Franco levantara la cabeza y os mandara a vuestro sitio, que es la cocina”. Ummmmmm, otra vez más. Qué nivel. Y mientras, celebramos hoy el Día de la Mujer trabajadora, un anacronismo como otro cualquiera y más en estos tiempos que corren en los que tener un trabajo se ha convertido en un privilegio, más que un derecho. El lema de este año “Empoderando a las Mujeres, Empoderando a la Humanidad: ¡Imagínalo!” quiere recrear un mundo “en el que cada mujer y cada niña puede escoger sus propias decisiones, tales como participar en política, educarse”. No dice donde van a recrear ese mundo, pero no es aquí desde luego. Porque mientras haya informes como el de la OCDE, mientras haya quien piense en modelos como la Barbie, mientras haya quien eduque a las niñas en la inseguridad y el miedo, mientras haya quien mande a fregar a quien está ejerciendo su profesión simplemente por ser mujer, seguiremos pegaditos a Rocío Dúrcal, seguiremos anclados en 1961, año en el que precisamente salió por primera vez la Barbie novia. Al final, no hay nada nuevo bajo el sol, más de lo mismo, siempre habrá quien nos diga“Yo me haré arquitecto y tú te harás mujer”.

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