análisis

Las redes gobiernan a Kichi

  • El alcalde admite que algunas de sus iniciativas más polémicas vienen inspiradas por lo que descubre en Internet

  • El último soplo le ha llevado a rebelarse contra la "gordofobia"

El alcalde, José María González, disfrazado de elfo barrigudo, el pasado Carnaval, riéndose de sí mismo. El alcalde, José María González, disfrazado de elfo barrigudo, el pasado Carnaval, riéndose de sí mismo.

El alcalde, José María González, disfrazado de elfo barrigudo, el pasado Carnaval, riéndose de sí mismo. / Jesús Marín

Kichi ha dejado claro que a él no se le ha ocurrido quitarle a Juan Carlos I su avenida para dedicársela a los sanitarios. Pero aunque la ocurrencia no es suya, lo vería "fetén" porque "una parte de la ciudad -afirma- no quiere que una avenida lleve el nombre de un estafador y estoy de acuerdo".

Lo que no aclara el alcalde de Cádiz es si hablamos de miles de gaditanos, cientos o un puñado, porque José María González, en realidad, no tiene idea, y seguramente serán muchos más los que no hayan ni pensado en el asunto. Lo más gracioso es que apela a una "iniciativa" surgida de las redes sociales, que él supo ver y que la mayoría ni adivinó, porque bastante tiene con llenar la nevera. Y si le preguntan de dónde surge la inspiración que dirige la ciudad, él responde: "No tenemos nada que ver". Así de modesto se muestra, como si su equipo no tejiera en las redes maniobras tendentes a generar el ambiente preciso para armar sus políticas.

Lo mismo le da usar la figura del rey emérito sin venir a cuento que defender a los gordos

Kichi, dispuesto siempre a romper todos los moldes, el antialcalde, siguiere que su gobierno, guiado por una fuerza cósmica, está a merced del tuitero de turno, lo cual no parece serio, porque deja huérfana a la inmensa mayoría de gaditanos, que apenas tiene tiempo para atender al constante bombardeo de unos y otros con su propaganda hueca. Y el mismo argumento viene a utilizar al subrayar que no fue el Ayuntamiento el que encendió la mecha a propósito de la polémica con el estadio Carranza (que lleva el nombre de un alcalde franquista), sino que la iniciativa de bautizarlo de nuevo con el de Michael Robinson (o cualquier otro) nació también de las redes. De esta suerte, mañana alguien podría lanzar la idea de borrar de las calles el nombre de Isabel la Católica, porque seguramente también el alcalde, entre tuit y tuit, se mostraría sensible. No en vano, Cádiz ya se ha acostumbrado a que a una soberana polémica superficial siempre le sigue otra aún mayor, por mucho que esté en juego su futuro.

La ciudad hospitalaria que en la época ilustrada ensanchó las libertades del hombre tras atraer los pensamientos más dispares para conciliarlos con su temple y buen ambiente, hoy lleva como puede su decadencia. Pero lejos de, al menos, tratar de adaptarse a los tiempos y, sobre todo, a su realidad, ahora está inspirada por los bajos fondos de internet, allí donde anidan el odio y la revancha. Lo más paradójico es que Kichi dice que "es el momento de arrimar el hombro por la salud de todos y para buscar una salida a la crisis", a la vez que se dedica a alimentar la tensión del ambiente con debates que sólo sirven para dividir. De seguir así, pronto los gaditanos se quedarán sin calles con nombres propios.

Cuando Cádiz no sabe aún cómo salir de esta crisis, cuando podría estar trabajando en la integración de su puerto y su ciudad, un nuevo proyecto para el cementerio San José, la rehabilitación de su centro, la atracción de inversores que tiraran del carro en favor de las energías limpias que tanto le atraen, la recuperación del comercio tradicional más allá del posado en una foto... En definitiva, cuando podría ejercer el poder como se espera de un alcalde en una crisis, resulta que destina buena parte de su tiempo a oír lo que le dicen las redes como si fueran el oráculo.

No sabemos si elige los temas al azar o si utiliza perfiles inventados para enfrentar sus ideas a las de sus adversarios, pero antes que a los técnicos de su Ayuntamiento, los empresarios, antes que a los colectivos sociales, a los que maman sobre el terreno que sea, o antes incluso que a los agentes sociales y económicos, él prefiere escuchar a las redes, por muchos disparates que se digan. Allí donde usted, que pertenece a la mayoría silenciosa, sólo ve un patio de vecinos, él descubre grandes iniciativas.

Los gaditanos no tienen la menor idea de cómo afrontará el Ayuntamiento la recuperación de esta crisis, pero hay que valorar que Kichi sabe cómo entretener al personal. Lo mismo le da usar la figura del rey emérito como carnaza sin venir a cuento que, como hizo ayer, sólo 24 horas después, ir de víctima para lanzar un alegato en defensa de todos los gordos de España, a raíz de unos comentarios ofensivos que ha observado en Internet, siempre alerta, cada vez que alguien se refiere a él. Por lo visto, ahora ha descubierto la mala leche que anida en el anonimato de su ciudad.

Y con ello, Kichi, que el pasado Carnaval se disfrazaba de elfo barrigudo, riéndose de sí mismo, ahora cae en la cursilería y se rebela contra lo que viene en llamar la "gordofobia" para dejar entrever, en la ciudad que más apodos inventa por minuto, en la patria del ingenio, que está harto de que le afeen los kilos desde la guasa combinada con la fina ironía gaditana. Al alcalde ya no le hace ni pizca de gracia que le insinúen de manera grotesca que durante el confinamiento "se ha hartado de phoskitos".

Conste que no lo hace por él. Lo hace por los niños y también por las mujeres, dice. Y los que nos ponemos a dieta los lunes alternos se lo agradecemos, porque con humildad ha vuelto a dar una lección bajo su perfil de profesor de Historia. Y mucho cuidado: no se le vaya a ocurrir a un periodista, como de hecho ha sucedido, decir que ha engordado las medidas que dice haber impulsado durante la pandemia, como se engordan los presupuestos para vender la misma partida seis veces desde cualquier administración. Ya está bien de insultarle, hombre, por favor.

Porque Kichi podría pasar que alguien discuta el calado real de sus recetas, pero tonterías las precisas. Cuando Teófila era la rubia teñida a todos hacía mucha gracia. Ahora no caben los chistes ni para alegrarnos las penas. Y menos, si son grotescos. La cosa se está poniendo tan seria, que, ciertamente, preferiríamos a un alcalde con personalidad y criterio propios, antes que a alguien sin sentido del humor que se mueve según sople el viento en las redes. Pero es lo que toca.

Y lo propone un alcalde que no deja títere sin cabeza -como casi todos los políticos de su generación, sean del color que sean- cuando por ejemplo sus rivales salen a manifestarse. Entonces no se corta para tachar a los dirigentes de derecha de fascistas y traidores. Así quiere atraer a los que no piensan como él. Y como consuelo, si usted es de los que cree naufragar en mitad de la pandemia que ha hecho trizas sus planes al frenar un progreso ininterrumpido que invitaba a mirar al futuro sin mayores temores, si no tiene idea de cómo saldremos de ésta, si le ahoga la incertidumbre, no se apure: seguro que a Kichi se le ocurre algo para desviar la atención y olvidarse de todos sus problemas.

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