Hornillo para balas en el Baluarte de la Candelaria
Una imagen y mil palabras
La imagen puede ser más poderosa que cualquier texto. Fomenta nuestro deseo de explorar y de saber. Despierta nuestros sentidos y nos dirige a las palabras que se harán más fáciles y entendibles. Imágenes que son la huella de nuestra historia y que deberíamos conocer
Ballenatos en las aguas de Cádiz
Conseguir los efectos más devastadores era el objetivo principal en el disparo de una bala, y las rojas, al ser disparadas por cañones de tiro tenso, permitían apuntar y acertar haciendo el mayor daño posible sin equivocarse. El uso de este tipo de bala era fundamentalmente contra los barcos, porque permitía la destrucción de la santabárbara y el incendio de las velas. Sin embargo, esta misma peligrosidad las hacía poco útiles para ser disparadas desde los mismos barcos por su peligro incendiario. Es por ello que su mayor uso se haría desde las fortificaciones de las costas hacía las naves que pretendían abrir fuego contra las ciudades. Y también, en caso de asedio, fue usada por los sitiadores para destruir esas mismas fortificaciones e impedir la defensa de la plaza. Las construcciones de madera de las ciudades al igual que la de los navíos hacía útil el poder de estas balas incendiarias.
El 20 de septiembre de 1794, según recoge un legajo registrado en la biblioteca digital de defensa, se inician en Cádiz, en el Baluarte de Candelaria, las pruebas para verificar la capacidad del nuevo hornillo. La minuciosidad con que se relata el experimento y la descripción pormenorizada de todos los elementos que intervienen, da luz sobre la naturaleza empírica e ilustrada de los nuevos ingenieros.
“A principios del día, sobre las diez de la mañana se empieza a calentar a fuego lento, utilizando astillas y virutas por espacio de treinta y cinco minutos. Inmediatamente se introdujeron en los canales del hornillo ochenta y dos balas, quedando veinte libres, de su capacidad total que son ciento dos. Hasta conveniencia del Gobernador de la Plaza. En seguida se dio fuego vivo al menos diez minutos sostenido por virutas y astillas de madera vieja de pino de Flandes y ramaje de pino para enrojecer la bala. A los cuarenta y seis minutos se consiguió el fin habiendo consumido cinco arrobas y media de la mencionada leña. Con ellas se tiraron tres cañones a la mar. El primero por depresión que causó varios rebotes a las balas, el segundo por la horizontal que pasó por las Puercas, y el tercero por los diez o doce grados de elevación que atravesó la canal o entrada del puerto de los navíos. En los tres tiros que se tiraron se notó el hervidero de las aguas por espacio de cinco minutos causado por lo bien enrojecida que estaban las balas.”
En defensa de la construcción de este tipo de hornillo estaría el poco coste de la leña y que bastaba cualquiera capaz de levantar llama. El fácil manejo para introducir las balas y el calentamiento continuo que permitía ir usándola mientras se introducían nuevas.
Las instrucciones para la toma de resultados no pueden ser más científicas. Comprobar y anotar resultados. Comprobar el grado de calor mediante un termómetro, que necesita tener el horno para poder caldearse. El tiempo que tarda la bala en enrojecerse. Una vez puesta la bala hecha ascuas sobre material seco y al aire libre, ver cuánto tiempo se mantiene con calor encendida. Cuánto tarda el calor exterior en penetrar en el interior y prender los granos de pólvora. Y, por último, ver qué tiempo emplean los artilleros en ejecutar un tiro tanto por elevación, por depresión o de forma horizontal.
Las balas llegaban a rojo cereza alrededor de los 800 grados y a tan alta temperatura, aun depositada durante treinta minutos sobre el suelo, era capaz de prender fuego a la pólvora interior. Incluso en algunos experimentos, la bala encendida era capaz de quemar la pólvora aun después de haber sido introducida en agua fría. E incluso apagando el fuego exterior con agua, pasados cincuenta minutos conservaba la interior temperatura.
Cuando no había hornillo para su calentamiento, se excavaba cerca de las baterías una zanja que se llenaba de carbón y sobre una rejilla se calentaban las balas. También se usaban cajas de hierro o cobre que se enterraban y donde se podían mantener al rojo vivo por más de dos horas. Sin embargo, el número de proyectiles disponibles con un horno como el que se instala en el baluarte de Candelaria, permitía un flujo continuo a la hora de atacar toda una flota que amenazara la costa.
El diseño del horno es muy sencillo: boca de horno, raíles de piedra u otro material que resista las altas temperaturas, sobre el que se depositan las balas. Estos raíles inclinados permitían que las balas rodaran hacía el interior y, cuando alcanzaban la temperatura adecuada, iban cayendo en el antepecho de piedra que impedía que cayeran al suelo. Tres hombres eran suficientes para su uso, el que introducía las balas y mantenía el fuego, otro para sacarlas y otro para llevarlas hasta la batería.
En el mismo archivo, aparecen planos de las sucesivas mejoras que se hicieron en dicho hornillo a lo largo de los años siguientes a este experimento.
El Baluarte de la Candelaria fue construido en 1672 entre el Bonete y San Felipe, con los que cruzaría fuego para la defensa de la entrada a la Bahía. Entre 1710 y 1712 quedaría unido a San Felipe y aparecería la actual alameda de Apodaca. A lo largo de los años veinte del siglo XVIII quedó destruido por los continuos embates del mar, pero en 1728 el ingeniero Sala lo sustituyó por completo, construyendo el actual perfil y el pequeño edificio abovedado que era el Cuerpo de Guardia.
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