Dama de la corte, viuda carlista y escritora con criterio propio: todas las casillas equivocadas

Vicenta Maturana, nacida en Cádiz en 1793, fue una destacada mujer cuya vida y obra merece la pena redescubrir

Retrato de Vicenta Maturana.
Retrato de Vicenta Maturana.
Ángel Guisado Cuéllar

19 de enero 2026 - 07:00

Cuando repasamos las vidas de algunos personajes famosos por algún aspecto, muchas veces sería preferible leer su biografía más que la propia obra que los sacó del anonimato. Son aquellos casos en que su nombre quedó en el olvido porque la fama de su trabajo no llegó para más reconocimiento que el de su propia época, pero los siglos que han pasado nos dan una perspectiva muy interesante por lo que aporta de su tiempo. Quizás así sea el caso de Vicenta Maturana, presente en los diccionarios de gaditanos ilustres, con su inclusión en el Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia…y en la Wikipedia (oráculo sagrado de las generaciones nativas digitales para desgracia del rigor y la solvencia de las fuentes fiables). Además, en el caso de personajes femeninos, es evidente que hay mayor amnesia por las propias circunstancias de la evolución del rol de la mujer en la sociedad occidental.

Nuestra protagonista de hoy, Vicenta Maturana y Vázquez, nació el 6 de junio de 1793 en Cádiz, en una familia bien posicionada socialmente (su padre fue mariscal y director general de Artillería). En 1807, la familia se muda a Sevilla y allí empezó la fama de la niña (ya más bien mocita) dado que habiendo recibido muy buena educación (francés, danza, dibujo, literatura, etc.), muy pronto se decanta por su afición a la literatura, la poesía y la danza. A partir de 1814 empieza a publicar algunas poesías en el Diario Mercantil de Cádiz hasta que en 1825 se expande su fama con la aparición de su primera novela: ‘Teodoro o el Huérfano agradecido’ (obra en paradero desconocido). Al fallecer su padre en 1809 (a raíz de heridas combatiendo contra el invasor francés), la familia se traslada a Portugal, pero allí fallece su madre en 1811. Queda Vicenta a expensas de la pensión concedida por los méritos de su padre hasta que es nombrada, en 1816, camarista de la reina Isabel Luisa de Braganza y Borbón, y luego de María Josefa Amalia de Sajonia que le insiste -casi ordena- que publique sus poesías. Como la reina también era aficionada a escribir poesía y darlas a conocer, los rumores palaciegos le adjudicaban a Vicenta la autoría de los poemas reales para desacreditarla. Siempre las envidias y rencillas cortesanas que no faltan.

En 1820 contrae matrimonio con el coronel Joaquín Gutiérrez Pérez Galván y tendrán dos hijos: José y Vicenta. Pero la estabilidad y la calma no sería la constante en la vida de Vicenta: su marido y su hijo lucharán a favor del carlismo. Durante la guerra carlista, vivirá primero en Perigueaux (Francia) y luego en Beriguistain (cerca de Tolosa) mientras se aclaraba el destino de la monarquía reinante. En 1838 publica en Bayona el ‘Himno a la Luna’ (cuarto canto del poema que empezase a componer en 1830), pero el gobierno carlista le ordena retirarlo. Al respecto, Pío Baroja diría: “No se sabe si el gobierno carlista lo prohibió por resentimiento hacia Doña Vicenta o hacia la luna”.

Queda viuda en 1838 mientras vivía en Francia y no vuelve a España hasta 1847, instalándose en Alcalá de Henares. Para sortear las dificultades económicas, decide publicar una segunda edición de sus poesías con destino al público hispanoamericano. Fallecerá el 15 de mayo de 1859 a los 66 años, dejando una prolífica obra en prosa y verso: ‘Teodoro o el huérfano agradecido’ (1825); ‘Sofía y Enrique’ (1829); ‘Amar después de la muerte’; ‘Las fiestas de Tolosa; ‘Ensayos poéticos’; ‘Himno a la Luna’, ‘Poesías’ (1841); ‘Poesías’ (1859) y numerosas colaboraciones periodísticas. La crítica no fue unánime con su obra en cuanto a valorar sus méritos o defectos, quizás por la subjetividad de los detractores hacia sus posiciones políticas familiares. Su vida fue un ejemplo de adaptación permanente y superación de las adversidades, en un difícil equilibrio para no abandonar cierto estatus social sin rentas para acomodarse, pero ejerciendo la profesión literaria desde su condición femenina independiente (en un mundo clasista y masculino decimonónico) y sin complejos (al igual que lo fueron Frasquita Larrea, Fernán Caballero, María Manuela López de Ulloa o, posteriormente, Emilia Pardo Bazán, etc.). Si acudimos a su propia poesía para condenar su vida, podríamos tomar este verso: “La firmeza callada suele vencer donde el ruido fracasa”. Que el silencio por los años de olvido de Vicenta Maturana se transforme en agradable lectura al redescubrir su obra. Lo merece.

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