Un puente festivo sin turistas

Cádiz para los gaditanos

  • Algunas pistas, desde las clásicas hasta las más desconocidas, para disfrutar de la ciudad en el largo fin de semana que se avecina

Pequeño parterre con flores en la confluencia de las calles Enrique Calbo con Amadeo Rodríguez, en el bario de San Severiano. Pequeño parterre con flores en la confluencia de las calles Enrique Calbo con Amadeo Rodríguez, en el bario de San Severiano.

Pequeño parterre con flores en la confluencia de las calles Enrique Calbo con Amadeo Rodríguez, en el bario de San Severiano. / Julio González

Por primera vez Cádiz no esperará a nadie en el próximo puente de diciembre. Ciudad acostumbrada a recibir turistas, las restricciones de movilidad derivadas de la pandemia de covid dejarán esta vez a Cádiz huérfana de foráneos en un puente de los que gustan, un fin de semana fusionado con los dos primeros días de la semana que, en otras condiciones, hubieran dado para mucho en materia turística. Pero no, Cádiz no espera a nadie, una adversidad que, mirado desde otro punto de vista, depara al gaditano de Cádiz, al de Cadi Cadi pero también al que aún no ha disfrutado del todo de su ciudad, la posibilidad de ejercer por unos días de turista interior.

Cádiz, por primera vez desde que los puentes son pilares de la hostelería y el comercio, sólo es para que sean los gaditanos quienes aprovechen su patrimonio, quienes se enriquezcan con su pasado cultural e histórico, quienes pisen sus paseos más luminosos -siempre que la meteorología lo permita, claro- y quienes descubran rincones de una ciudad que, en determinados aspectos, no es conocida ni por sus propios habitantes. Aquí van unas pistas, unas pistas incompletas para que cada cual construya el puzzle gaditano con sus propias piezas, y unas pistas distribuidas en tres bloques: lo más clásico, los más habitual y lo más desconocido. Aprovechemos para conocer (mejor) nuestra ciudad.

Las visitas más clásicas (y buscadas por los turistas)
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1-pic-20200701174141S9371P1 / Julio González

Cádiz es una ciudad con un patrimonio histórico y cultural de altísimo valor. La repetida cantinela que la sitúa como el núcleo urbano más antiguo de Occidente hace que su historia se remonte a esos eternos 3.000 años, cuando los fenicios sentaron sus bases en un punto geográfico clave desde el punto de vista marítimo y comercial. Tan clave sería, que no les importaron los vientos, como siglos después no les importó a los romanos en Baelo Claudia.

Y fruto de esta historia, la capital gaditana cuenta aún con vestigios patrimoniales de casi todas sus etapas históricas. De unas más, de otras menos, unas más cuidadas, otras nada, pero descubrirlas ayudará a los gaditanos a conocer mejor su propia ciudad.

En esta vertiente cultural y patrimonial, los turistas recalan con mucha frecuencia en su Museo Provincial, un centro en el que la pintura y las costumbres gaditanas ofrecen joyas de mucho valor pero que, sin lugar a dudas, es conocido y buscado por los turistas por sus salas arqueológicas y, sobre todo, por sus dos piezas estrella: los sarcófagos fenicios que, además, en los últimos meses han vuelto a aportar datos, y sorprendentes, sobre su procedencia e historia. Si todavía es posible que haya gaditanos que no conozcan este tesoro, el próximo puente es su mejor oportunidad.

Con el Teatro Romano desgraciadamente cerrado a las visitas, igual que la Casa del Obispo, Cádiz ofrece de todas formas otras oportunidades clásicas de conocer su historia. La de la época de las Cortes con el Museo Histórico Municipal, cuya visita es obligatoria si no se conoce, y esto sería otro error, la maqueta de la ciudad que el rey Carlos III mandó construir en caoba, y con precisión milimétrica, en el tiempo de mayor esplendor de Cádiz. Y al lado, el Oratorio de San Felipe, sede de las Cortes, y el Centro de Interpretación del Doce.

Fresco de Goya en la Santa Cueva. Fresco de Goya en la Santa Cueva.

Fresco de Goya en la Santa Cueva.

Y si del brillante siglo XVIII hablamos, no puede faltar la gran baza de aquella época, el Oratorio de la Santa Cueva en el que con solo dos nombres propios se resume una época: Goya y Haydn. Las pinturas del primero y la música del segundo son casi el no va más de un siglo que, además, dejó la ciudad repleta de edificios singulares, plazas señoriales y calles en la que el patrimonio habita con el cielo como techo y que hay que admirar elevando siempre los ojos a cierros, fachadas y casapuertas. En este caso, Goya pintó los frescos de la Santa Cueva y el compositor dejó para la historia 'Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz', una obra creada expresamente para este rincón de la calle Rosario. En Cádiz, por entonces, había dinero y gusto.

Y hay que cerrar este recorrido más clásico, precisamente, desde las perspectiva contraria: mirar casi desde el cielo hasta el mismo suelo. Aquí, con las visitas a la torre de la Catedral temporalmente suspendidas como las del propio templo, resulta imbatible, e imprescindible, la Torre Tavira. Si usted es gaditano y aún no la ha visitado, este próximo puente es la mejor oportunidad. Abre de 10.00 a 15.00 horas, y con reserva previa, pero merece la pena subir tantísimos peldaños para disfrutar de la experiencia de la cámara oscura y de las vistas que se disfrutan desde su altísima torre mirador. No lo dude.

Hay otras visitas recomendadas, como el Museo Litográfico de la Puerta de Tierra y el Museo del Títere, en el otro frente de la muralla que divide los dos Cádiz. Ambos son centros especializados, muy especializados, que también aportan su granito de arena para conocer otros momentos de la historia de Cádiz. El del Títere, evidentemente, muy recomendable para que los niños se vayan acostumbrando a los museos.

Los más habitual: una ciudad para pasear

Una imagen del Paseo de la Paz desde su parte cercana a Puntales. Una imagen del Paseo de la Paz desde su parte cercana a Puntales.

Una imagen del Paseo de la Paz desde su parte cercana a Puntales. / Lourdes de Vicente

En este punto nadie duda. Ni los turistas ni los propios gaditanos. Cádiz es una ciudad para andar, para caminar, una ciudad en la que su borde marítimo completo ofrece vistas únicas y unas perspectivas admirables. Cádiz es una ciudad oceánica y sus paseos, en algunos casos faltos de un mayor cuidado, son un lujo que no todas las ciudades poseen. Hay tres zonas que destacan por sí solas en este punto: el Paseo Marítimo, un frente ganado para la ciudad hace ya décadas gracias a una transformación valiente y con perspectivas de futuro; el Campo del Sur desde la trasera de la Casa de Iberoamérica hasta su conexión caletera y, por supuesto, la Alameda, para muchos el rincón más bello de la ciudad y, por supuesto también, el rincón más descuidado de la ciudad si tenemos en cuenta su valor paisajístico, floral y artístico.

Y en medio de todo, el Parque Genovés, un original conjunto con mucha historia en su interior y que, con la polémica, fallida en incendiada pérgola como freno visual, tiene en el estanque y su cascada, propia de otro siglo, un mirador en su parte superior que sigue sorprendiendo.

Pero hay otro paseo en Cádiz que no goza del mismo prestigio que los anteriores, que no es nada turístico, pero que, por el contrario, nos acercan a la época más reciente de la ciudad: es el paseo Puntales-La Paz, un borde marítimo que en este caso tiene como paisaje la Bahía y que, por menos utilizado, se revela como un lugar ideal para estos tiempos de distancias impuestas por la pandemia: su anchísimo acerado lo hace ideal para conocer la ciudad desde otro punto de vista, para contemplar tradiciones aún no perdidas como la pesca y para descubrir los dos grandes brazos artificiales de la ciudad: los dos puentes que se añaden al istmo de configuración geográfica más natural, aunque también modificado por el hombre, que conecta con la isla hermana, la de León.

Y algunas pistas no habituales ni clásicas: lo menos conocido
Cúpula del Sagrario desde el interior de la iglesia de San Antonio. Cúpula del Sagrario desde el interior de la iglesia de San Antonio.

Cúpula del Sagrario desde el interior de la iglesia de San Antonio. / Julio González

Dejamos para el final de esta invitación a (re)descubrir Cádiz los aspectos desconocidos, o los menos conocidos, aquí fabricados con la colaboración de varios compañeros del Diario que han ayudado a poner en el mapa de la ciudad algunos de los rincones menos habituales, detalles que se nos pasan por alto en b nuestro transitar diario por la ciudad pero que, con otros ojos, aportan un poco más de riqueza a Cádiz aunque sea en el apartado de la curiosidad.

Situamos el primero en el barrio de San Severiano. En los bloques de viviendas situados en la trasera del Corte Inglés, aquellos que en otro tiempo fueron una de las dos orillas del derribado puente de San Severiano y que esconde en su interior un pequeño jardín, muy cuidado, en el cruce de las calle Enrique Calbo y Amadeo Rodríguez. Es un pequeño parterre vallado, con un blanco de pared de evocaciones serranas, combinado con trazos en lila, y presidida por una pequeña imagen de una virgen.

Es un lugar sin más, sí, pero curioso y situado entre dos calles que, aunque no lo parezcan tienen historia: la de Amadeo Rodríguez existe desde 1887 y se rotuló así en honor del arquitecto de la Diputación Provincial que fue responsable de los pabellones que constituyeron la Exposición Marítima de finales del siglo XIX, mientras que la de Enrique Calbo debe su nombre, desde 1892, a un ciudadano filipino que llegó a Cádiz para estudiar Medicina y que fue el artífice de las fiestas que se celebraban por entonces en el barrio de San Severiano. La calle se denominaba antes Andorra y, mucho antes, cuando no tenía nombre, se la conocía como la calle de la playa, que entonces se encontraba en el final de la calle, y después del teatro porque en una de sus fincas había, precisamente, un teatro sobre el año 1885. Así lo cuenta Guillermo Smith Somariba en su libro sobre las calles y plazas de Cádiz. Es, por tanto, un rincón hoy curioso y ayer con historia.

Porque, efectivamente, las calles de Cádiz están llenas de historia que se revelan en sus nombre, en sus fachadas, en sus casapuertas... en tantos y tantos detalles. Y ya vemos que también en Extramuros. Pero es cierto que el casco histórico es la parte de la ciudad que más curiosidades esconde. Algunas son muy conocidas, como los cañones y guardacantones que se yerguen en tantas esquinas y que trataban de proteger las fachadas de los golpes de los carruajes, pero en otros casos más vale andar despiertos para descubrirlas.

Entre ellas están las placas que se reparten a cientos por la ciudad. Placas que recuerdan, por ejemplo, dónde nació Falla, dónde vivió, qué finca acogió a Celestino Mutis o en qué palacete, en este caso el de Veedor ahora en obras, descansó el duque de Wellington. Basta estar atentos a cada placa, generalmente situada junto a la casapuerta en cuestión, para saber de diputados doceañistas, tertulias literarias o historiadores de la ciudad. Pero también, y en esto el barrio de Santa María es ejemplar, para conformar un fiel elenco de los mejores flamencos alumbrados en Cádiz: cantaores, bailaores y tocaores (también con sus femeninos, por supuesto) que son historia del cante jondo gaditano.

Farola de la calle Ancha Farola de la calle Ancha

Farola de la calle Ancha / Julio González

También se recomienda pasear por la calle Ancha descubriendo, además de sus casas señoriales, sus farolas que tienen el mismo diseño que algunas de la ciudad de Lisboa. Redescubrir el paseo, monumental, de las murallitas de San Carlos con su hilera de cañones apuntando a un horizonte marítimo hoy sin enemigos. Hallar la veleta de entrada a La Caleta, con su buque de velas desplegadas. El clásico cuadro de la Virgen que recuerda, en la calle La Palma, el maremoto de 1755 y la intervención divina que unos defienden y otros descartan.

Pero también hay cosas que descubrir en los interiores de la ciudad, como la espléndida cúpula del Sagrario de la iglesia de San Antonio, los holandeses azulejos de Delft que alicatan parte de la iglesia de Santa María, una brillantísima capilla trasera en la iglesia de San Juan de Dios o los incunables que guarda el Museo Catedralicio.

Veleta de entrada a La Caleta. Veleta de entrada a La Caleta.

Veleta de entrada a La Caleta. / Julio González

En este apartado, como en los otros, la aportación individual, el conocimiento de cada gaditano, suma y ayuda a hacer de Cádiz una ciudad más conocida por sus propios habitantes. Así que aprovechar este puente para salir, andar y descubrir la ciudad puede ayudar a completar este catálogo patrimonial e histórico que, además en los tiempos que corren, puede ser compartido por todos a través de las redes sociales que tantas cosas ayudan a dar a conocer. Que cada cual aporte la suya.

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