Perdón si no me levanto. Por Yolanda Vallejo
Si aceptamos pulpo como animal de compañía –cosas de boomer tardía- deberíamos aceptar también que cada veinticinco años, año arriba, año abajo, se produce un giro en el guion que desemboca en un cambio generacional, con todo lo que eso implica. A veces la curva es tan suave que apenas notamos el desvío y otras, sin embargo, las cuestas, los adelantamientos, los frenazos y los desperfectos de la carretera nos recuerdan a cada instante que nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Tantas primeras veces, tantos acontecimientos «históricos», tanta improvisación, tanta nostalgia nos tenía que salir por algún lado. «Cádiz, que te estás volviendo más vieja y más aburrida» cantaba el profeta Juan Carlos hace un cuarto de siglo, el año de «Los condenaos», el año de «Un amigo es un amigo» que debe ser de las únicas coplas que han resistido el paso del tiempo sin despeinarse y que se sigue cantando como uno de los himnos eternos de nuestro carnaval. No todo el mundo tiene la suerte de tener un baúl de coplas donde buscar recuerdos y de donde sacar cuatro trapos para hacerse un disfraz, un tipo que decimos por aquí.
Hace un cuarto de siglo, hace veinticinco años, mucho antes de que el viento de trece años le diera en la carita al niño viejo de Santa María, ya lo decía la copla «pobre de aquel que aun mirando nada ve, que aun sintiendo nada siente y aun entendiendo nada entiende» …Visto desde este lado parece una premonición, porque hemos llegado hasta aquí sin comprender nada de lo que está pasando. Demasiado bien hemos salido después de haber vivido atentados, guerras, crisis económicas, desgobiernos, corrupciones, pandemias, confinamientos, y sacudidas de un planeta viejo, tan lleno de achaques que cualquier día nos da un susto gordo.
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Han cambiado tanto las normas del juego en estos años que, a veces, me resulta muy difícil encontrar las piezas del puzle sin echar mano de viejas fotografías en las que aun pueda reconocerme. Será la edad, no lo pongo en duda, y esa tendencia innata que tenemos de romantizar el ayer, que «cualquier tiempo pasado fue mejor» como decía Jorge Manrique hace más de quinientos años, pero me asomo a la ventana y ya no soy la chica de ayer, aunque tampoco creo que sea demasiado tarde para comprender. La generación actual ha vivido tantas cosas raras que ha hecho de lo raro su normalidad. A nosotros, los que venimos del pasado, nos sigue espantando tanta polarización, tanta radicalidad, tanto hablar de fascismo –la banalización de la terminología-, tanto anhelar la república –que podría ser perfectamente una república de ultraderechas-, tanta trinchera y tanta opinión –no he podido resistirme-, y tanta puntita nada más, en una sociedad que solo se alimenta de titulares y de redes sociales, en la que vestirse de papa o decir «no pasarán» ya les parece una auténtica transgresión.
Perdón si no me levanto ante este carnaval ligth, bajo en calorías, sin lactosa, sin gluten, sin azúcar y sin sal. No me interesan nada «las cositas» que vienen a decir los poetas. No me interesa nada este carnaval que, para criticar huye de la risa y de la sátira y se instala en la bronca y en el enfado y que se muestra siempre enojado, siempre enfadado como eternos adolescentes que se creen que ya lo saben todo. Si entrar en profundidades, malgastando la harina y queriendo aprovechar el afrecho, tirando de tópicos y de ideas manoseadas, sin ingenio, sin genio, sin la lámpara maravillosa que al frotarla dejaba salir el asombro, la magia, ese momento único en el que el pueblo –sí, el pueblo que salva al pueblo y esas cosas- hacía un conjuro contra sus males, contra sus tristezas, contra la desesperación de los días negros marcados sobre el almanaque, y era capaz de explicar lo que no podía explicar cualquier otro día. No existe ya ese carnaval, usted y yo lo sabemos.
Y le pondré algún ejemplo, para que nadie pueda decir que soy una Charo o –peor aún- que parezco amiga de Ayuso. Todo lo que se canta, o es de consumo tan inmediato que ni siquiera aguanta unas horas fuera de la nevera, o es tan añejo que podríamos usarlo años y años sin que nadie pudiera determinar su fecha de envasado. El aborto, las cunetas, los colegios concertados, el poder de la iglesia, el padre de la patria andaluza, la huelga del metal… Hago memoria y soy capaz de identificar muchas coplas con el año en el que se cantaron; pienso en este carnaval y ya no sé si estamos en 2026 o en 1946. Serán cosas de la edad.
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