Muertos en la calle. Por Fernando Santiago
MUERTOS EN LA CALLE
Cuando Manuel Martín Ferrand vino al Diario de Cádiz a hacer las prácticas cuentan que quería aprender todo el proceso de elaboración y distribución de un periódico, así que además de escribir crónicas y reportajes, quiso participar en la maquetación, en la impresión y un día le dio por salir con una mano de Diarios para venderlos por las calles, cuando todavía era costumbre vocearlos periódicos con las noticias del día. Cogió una mano de Diarios y le puso una resma blanca para envolverlos al objeto de no mancharse con la tinta. Dicen que se fue a la estación de tren y allí le ofreció el Diario a una mujer que le respondió “Lo siento, hijo, no sé leer” a lo que le respondió el célebre periodistas “No se preocupe, señora, también tenemos periódicos para los que no saben leer” y le dio la resma. Recordaba esta anécdota por la reducción de puntos de venta de los periódicos, antes siempre había alguien en la plaza de las Flores, en la calle Ancha, en La Bella Sirena y en otros lugares desde muy temprano, para los madrugadores o los que empezaban a trabajar a primera hora. Había kioscos que vendían muchos ejemplares en lugares como la Glorieta, la plaza de Mina o Candelaria. Es un empleo muy sacrificado porque solo hay tres días al año donde no hay periódicos, motivo por el cual cada vez hay menos kioscos, y los que quedan en Las Ramblas, en la Puerta del Sol o en la Gran Vía a lo que se dedican es a vender cachivaches para los turistas. En las papelerías que han estado más espabilados han diversificado el negocio incluyendo revistas, libros, material de papelería, chuches, recogida de paquetes, lotería y quinielas, como Mío Cid, mi kiosco , donde venden con una sonrisa todo lo necesario para poder sobrevivir. El impulso de lo digital ha hecho que mucha gente prefiera ver los periódicos en internet desde primera hora de la mañana, solo los puretas y los nostálgicos seguimos fieles al olor a tinta y papel que soporta las noticias del día. Como dijo Saramago : “una lágrima jamás emborronará un correo electrónico ”. A mí me mandaba mi novia cartas con unas gotas de perfume. En 1991 recorrí los 200 kilómetros que hay desde Colonia a Luxemburgo para comprar el periódico el día después del golpe de estado contra Gorbachov , cuando no había ni espacio Shengen ni euro, había que cambiar moneda y pasar las aduanas, ahora bastaría con echar un vistazo al móvil. No me pondré más melancólico de lo necesario, pero echo de menos al vendedor que gritaba en el Palillero “¡Diario, Diario¡” . El tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos.
Fernando Santiago
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