Siempre acecha la zarpa, ingrata y cien veces maldita, para amargarte la existencia de esta vida, de esta mierda de vida, a veces bonita y en ocasiones absolutamente indeseable. Cuando más contento afrontaba el arranque de un bonito mes de diciembre, un zarpazo temprano y traicionero me lacera el alma, el corazón y la boca se me llena de una densa hiel por la pérdida de un gran amigo. Se me queda francamente corta la palabra amigo para referirme a ti, Julio, Julito, como te decía en las distancias cómplices, porque nuestros vínculos se forjaron sólidos en el tiempo, con cientos de conversaciones, de risas y travesuras, de mutuo aprendizaje, donde compartimos juntos la palabra, la anécdota, las borracheras, los amigos comunes de aquella pandilla, incombustible y rompedora; gamberra y transgresora, que forjamos en los ochenta, alrededor de María José, de Alicia, de Nadine, de Jaime, de Manuel, de Miguel y de tantos otros...
Te metí en no pocos «voleaos», algunos peligrosos, cuando me ayudaste a sacar del Instituto Hidrográfico, en el maletero de tu coche blanco, un baúl repleto de instrumentos náuticos con sextantes, brújulas y demás adminículos, ante la cara sospechosa del sargento que estaba en la puerta, que no nos paró de puro milagro. Le robábamos a quien nos robaba la juventud y era la forma más placentera de cobrarnos las putadas y los arrestos que acumulábamos. Lo que te reías contando la anécdota cuando dejé a medio coro de «El callejón de los negros» sin maquillar, porque, siendo el primero y al acabar el rostro me maquillé los huevos de negro con las dos únicas esponjas que quedaban. Tus carcajadas de barítono eran menudas, porque ya nadie quiso maquillarse detrás.
Te voy a echar mucho de menos. Eres una de las personas más especiales que ha pasado por mi vida, siempre habitarás en mi corazón. Te recordaré siempre con una sonrisa, aunque ahora la pena me ahogue por dentro. Descansa, amigo. Qué bonita ha sido la vida contigo.
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