Guitarra con arte. Javi Osuna
UNA PAGÉS DEL XVIII VOLVIÓ A CÁDIZ. TODO CON CUERDA Y CONCUERDA
Cuando se pinta un bodegón, supongo que en la mente del pintor debe haber una cierta estética preconcebida, en su interior y en su mirada, en el sentido de que, consciente o no, está buscando que los elementos que lo componen permanezcan en armonía, cada uno en su sitio, cumpliendo su función artística. Ayer por la tarde, lindando ya la noche, ocurrió en la terraza de la Fundación Unicaja, por cierto, un espacio cultural bellísimo, que para ensanche formativo de la ciudad, se acaba de sacar de la manga Unicaja, la antigua Caja de Ahorros de Cádiz de San Agustín.
El bodegón armónico estaba en el escenario. Una torre mirador de fondo como forillo urbanístico. Parecía un lienzo vivo de Cecilio Chaves, en luces crepusculares de bronce, con golondrinas de junio revoloteando y graznidos de gaviotas en derredor. Y trío de cuerdas. Una maravilla de músicos que se intercalaban guitarras, bandurrias y laúdes, con una pulsación preciosista, muy pulcra, cuidando intencionadamente la pulsación, haciendo valer los silencios como una parte importante de la música; esa forma de tañer que busca la «inarmonía» que dicen los musicólogos, con el pizzicato en la manera de atacar las cuerdas desde la yema de los dedos.
Pablo Guzmán, Sergi Gómez y Carlos Cortes Bustamante, conforman este espléndido trío. Carlos, gaditano e hijo de excelentes pintores, lo lidera en el centro, con una personal gestualidad en su rostro, movimientos de cuello y ojos que cierran y abren en el latido interior del sentir de la música. Llevaban una pequeña bandurria de 1909, de madera de ojo de perdiz, que trinaba aguda como los ángeles. Mas, a la tercera pieza llegó lo que servidor más anhelaba ver y oír en directo. La joya de la corona. El caviar de beluga. La que el viajero romántico Richard Ford puso a la altura de los Stradivarius. Acudí al concierto, invitado por Carlos, con la tremenda ilusión de oír por primera vez en mi vida a una guitarra «modelo Cádiz», una Pagés, construida en Cádiz a finales de siglo XVIII, en concreto, en 1796, profusamente exornada de ricas incrustaciones, con cuerdas de nylon en su diapasón.
Que la ciudad de Cádiz no tenga en sus espacios museísticos una sola guitarra Pagés, «modelo Cádiz» (que hasta las Gybson americanas copiaron su interior a principios del siglo XIX), es una profunda pena. Que la ciudadanía de Cádiz desconozca la talla y nombradía de las guitarras Pagés es una pena todavía más profunda y gorda, que dice bien poco de nuestra cultura y del desapego tan indolente ¿y tan innato? del gaditano para su propia historia.
Cerraron con Manuel de Falla, con «El paño moruno». Era el quinto elemento que le faltaba al bodegón, al bello lienzo pictórico-musical. Círculo cerrado. Por fin oí una Pagés en directo por primera vez y luego, con el mejor de los gerundios, esto es, bebiendo entre amigos, tuve la privilegiada suerte y el inmenso honor de tocarla con torpeza y con miedo de lastimar sus maderas con el golpeo del anular en su delicada tapa armónica, un modesto toque de bulería en una guitarra gaditana, construida más de cien años antes de que existiera la bulería; tanto la tañida «por medio» (La Mayor), como la tocada «por arriba» (Mi Mayor).
Un ratazo de arte.
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