Marcaje estrecho

Alberto / Grimaldi

Inmortal

18 de agosto 2014 - 01:00

LA única certeza de la vida es, paradójicamente, la muerte. Y como toda contradicción, ese futuro asegurado se vive con la incertidumbre permanente de no saber cuándo ni cómo sucederá. Y siendo todos mortales, nos queda la opción de trascender. Incluso después de habernos ido. Pienso en ello mientras rememoro lo que viví hace una semana en El Bosque, en el 4º Encuentro Solidario Apadrina2, organizado para recaudar fondos para la asociación sin ánimo de lucro del mismo nombre.

Juan López Atero, Güito, fue un chaval de mi ciudad, Cádiz, al que nunca conocí. Y eso que era poco menor que yo y vivió a pocas decenas de metros de la casa que aún habitan mis padres; en un edificio al que iba con enorme frecuencia en mi juventud porque en la vivienda de arriba de la de sus padres reside la familia de un amigo de esos que perduran.

Sí conocía a su padre, el profesor Juan López, que fue muchos años decano de la Facultad de Filosofía y Letras, tan cercana a la vieja sede de Diario de Cádiz donde aprendí mi oficio. Algunas veces le oí hablar de El Bosque, al final de largas jornadas de Redacción que terminaban en la barra del ultramarinos donde coincidíamos periodistas y profesores. Pero nunca supe de su hijo. Ni siquiera de que su paradoja se resolvió contra pronóstico y de forma fulminante en mayo de 2011, con 35 años.

El segundo sábado de agosto conocí por fin a Güito, frente a frente, y no sólo por las referencias previas de quien me llevó de la mano a su encuentro y al de cientos de personas solidarias. Y descubrí que Güito vive. Vive en el amor que le profesan su madre, la catedrática de la misma Facultad Virtudes Atero; sus hermanas Eloisa y Ana, y su padre. Vive en el cariño de sus demás familiares, de sus amigos, compañeros de trabajo y en el recuerdo y la generosidad de la gente amable y sencilla de El Bosque.

Pero Güito vive, sobre todo, en los profundos ojos oscuros de los niños peruanos a los que aún sigue ayudando. Él fue a su encuentro por primera vez en 2008, como voluntario a la escuela primaria que regenta el misionero salesiano padre Cayetano Camauer, La Casita de Lares.

Con sus propios recursos, puso en marcha www.apadrina2.org, un proyecto que pervive para que algunos de esos niños de familias muy humildes de la región de Cusco prosigan sus estudios. Güito vive en Wilbert, el primer chico de Lares que se ha convertido en universitario; y en Juan Vianí, Jesús Eleuterio, Victoriano, Nicomedes y tantos otros que, como esos pioneros, tendrán estudios secundarios.

El sábado, en El Bosque, me sentí más vivo que nunca. Y sin perder de vista la única certeza de la vida, aprendí cómo resolver la paradoja y hacerse inmortal.

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