Como cada mañana, el abuelo Saturnino, hombre de negro con boina, se sentaba en la plaza de Mina a leer el Diario tamaño sábana. El lugar estaba estrenando remodelación y habían elevado tanto los bancos que a este señor le quedaban los pies colgando. Un fotógrafo del Diario pasaba por allí y captó al instante la foto-denuncia. Al día siguiente, el hombre de negro salía en el Diario leyendo el Diario. Para él, que era un entusiasta del rotativo, supuso la más bonita redundancia. Años después, cuando el periódico dejaba la sábana y la plaza de Mina había sufrido otras reformas, el abuelo Saturnino dejaba este mundo sin ver cómo uno de sus nietos entraba a trabajar en su querido Diario de Cádiz. ¡Lo que hubiera presumido! Él y otros miles de gaditanos hicieron posible con su fidelidad que el periódico llegase a los 150 años. Donde quiera que esté, el abuelo Saturnino sopla estos días las velas de nuestro cumpleaños.

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