Laurel y rosas

Juan CArlos Rodríguez

Espátulas, sol y playa

Javier había ido aquel día a La Barrosa como otras muchas tardes. Leía tumbado sobre la arena junto a su mujer, María José. Leía y no escuchaba ni el gentío ni las olas. Ni siquiera veía el cielo, azul, claro y refulgente, retocado apenas con alguna leve pincelada de nubes. Ni mucho menos veía ni oía a su mujer: "Javi, mira lo que vuela…". Javier Ruiz era -es- un naturalista apasionado, devoto ornitólogo y amante de la historia y de su ciudad. Pero aquel día, como tantos otros, Javier leía y se evadía del espléndido tumulto de sombrillas, toallas, niños y veraneantes que se solazaban sobre la espléndida playa. "Javi, mira que no es normal". Pero Javier no miraba. No le gustaba tumbarse al sol y mucho menos con tanta compañía. No quería salir del trance y enfrentarse a la visión de La Barrosa un día de agosto. Un día como cualquier otro de verano, al menos así le parecía. "Mira, mira". Y Javier acabó por levanta la vista por no oír más a su mujer. Y no vio nada. Así que miró a María José: "Estaban ahí ahora mismo, pero a veces parecen invisibles". Ya. Y siguió leyendo. "Ahí están otra vez, mira". Y entonces volvió a levantar la vista hacia el cielo. Y las vio: gaviotas no eran; sí, espátulas, un bando volando en formación ya hacia Roche. Iba a volver a su libro, cuando María José dijo: "Ya es el cuarto que pasa. Y miran los que vienen detrás…".

María José Morales, farmacéutica analista, había acabado de descubrir uno de los espectáculos más extraordinarios que la naturaleza ofrece cada verano sobre la cabeza de los miles de bañistas de La Barrosa: el paso migratorio de las espátulas (Platalea Leucorodia) hacia África. Ese día sobre La Barrosa hace siete años, es lo único que acertó a decir Javier asombrado por el centenar de aves que volaban sobre los miles de bañistas: "Pero si van en paso migratorio". Y repasó en un instante lo que sabía de aquellas aves batientes y planeadoras, blancas, con su pico con forma de pala, una de las abanderadas de la ornitología española: "¿Por qué no van por Gibraltar?". "¿No cruzaban de noche?". Así que Javier los días siguientes cogió la tumbona, las toallas, y nada más volver a su casa de La Barrosa desde el laboratorio de La Banda corría hacia la playa. Nunca antes había mostrado tantas ganas. También llevaba los prismáticos, el catalejo, y sustituyó el libro por leer el cielo y contar espátulas: ahí están otra vez… un bando, dos, tres. Era finales de agosto de 2011. Y llamó a Paco Hortas, profesor de la Universidad de Cádiz y compañero de la Sociedad Gaditana de Historia Natural. Y se convirtieron en vigías de sol a sol.

A agosto, le sucedió septiembre. Y el espectáculo creció aún más. Cambiaron la playa por la Torre del Puerco, y contaban, anotaban, se entusiasmaban, examinaban los bandos, llamaban a más y más amigos naturalistas. Sabían que estaban ante todo un descubrimiento: el de una ruta migratoria, desconocida hasta entonces, desde los Países Bajos hasta Mauritania y Senegal. La mayor parte de la población europea de espátulas elige el corredor migratorio Playa de La Barrosa-Cabo Roche para su "salto" postnupcial a África tras detenerse en las marismas de Doñana o del Odiel. Javier Ruiz y Paco Hortas -junto a medio centenar de voluntarios del proyecto Limes Platalea, que pusieron en marcha en el verano siguiente- han llegado a contabilizar entre 10.000 y 15.000 aves cada año, entre finales de julio y principios de octubre. "Ha habido días de dos mil", admite Javier Ruiz. Entre la primera campaña en 2012 y la del año pasado, 2016, el proyecto Limes Platalea ha examinado el vuelo de más de 60.000 espátulas. "Lo mejor es que ese extraordinario espectáculo de la ornitología sucede sobre la cabeza de miles de bañistas", como afirma Javier Ruiz. Y que, como él aquel día, no levantan la cabeza. Pero lo que sucede es único.

Oír a Javier es contagiarse de su entusiasmo. "Las hay que vuelan a ras del mar y las olas, las hemos bautizado 'espátulas espumadoras', como se llamaban a las barcazas de los piratas berberiscos que camuflaban su vela latina con la espuma del oleaje", explica. Hoy, apenas siete años después, hasta en Holanda han admitido esa denominación y el asombro por el proyecto Limes Platalea. "Limes", de frontera en latín, como referencia a Europa y África, pero también como reivindicación de Chiclana, Conil, Vejer, los escenarios migratorios, como extraordinarios espacios onitológicos. Y "Platalea", en alusión al nombre científico de la espátula (Platalea leucorodia). El eco -y el reconocimiento- ha sido extraordinario. Y no solo por la inquebrantable capacidad movilizadora de sus coordinadores, Javier Ruiz y Paco Hortas, hoy presidente de la Sociedad Gaditana de Historia Natural, sino porque ha convertido La Barrosa también en meca del potente turismo ornitológico y científico. La espátula como seña de identidad. Aquí, al pie mismo de la playa de La Barrosa, junto a las marismas de Sancti Petri a las antiguas salinas del Parque Natural de la Bahía de Cádiz, es donde comienza la "gran Doñana", aquí donde miles de bañistas retozan cada día, ajenos a las escuadras de espátulas que empiezan a volar sobre sus cabezas. Excepto Javier, Paco y su tripulación de voluntarios, de nuevo entusiasmados en la Torre del Puerco. El gran espectáculo comienza otra vez.

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