Tribuna libre

M. Muñoz Fossati

Elogio de la gracia y la pobreza

Si la historia no favorece a tu área geográfica, la favorecida dirá que la culpa la tienes tú

En realidad es una condena: si naces en una familia humilde o en un entorno desfavorecido es muy difícil, por no dicer imposible, llegar a la cúspide de la sociedad. Al menos, de forma honrada. Que un país, una región menos rica llegue a formar parte del club de las llamadas grandes potencias se antoja milagro más que objetivo. Entre otras cosas, porque tendrá que pelearse con los de arriba y siempre tendrá las de perder.

Dice un antiguo principio, enunciado por ricos, favorecidos y poderosos, que los pobres, desfavorecidos y débiles lo son por su culpa o por su incapacidad. Así, de esta creencia personal infusa e irrebatida entre ellos, y que no tiene en cuenta que normalmente el rico suele dedicar su trabajo a administrar la fortuna que heredó, se generaliza que los pueblos, las regiones o los países pobres son así porque no quieren o no saben salir de su pobreza. Con ese argumento, los pudientes tal vez lavan su conciencia y evitan preguntarse por qué lo son tanto. Por supuesto, nadie tiene en cuenta ya aquella advertencia del ojo de la aguja.

Esta tesis filosófica barata tiene y tendrá siempre seguidores, pero necesita de soportes igualmente ideológicos, aunque sea en su versión más chusca, es decir el tópico. Así por ejemplo, los negros, por mucho que lleven el ritmo en la sangre, serían una raza inferior estupenda para el trabajo duro y el deporte, pero inútiles para el pensamiento; y por eso es normal que África sea pobre. Igualmente, los europeos del Norte adoran el clima, la alegría y la comida del Sur mediterráneo, pero están convencidos de que somos unos pueblos incapaces de hacer las cosas en serio; y ya no son sólo los periódicos sensacionalistas los que difunden estas ideas, sino que algunos altos cargos comunitarios se muestran airados por "dar dinero a esos países para que luego los gasten en vino y mujeres". Ergo, los griegos, afables y hospitalarios como pocos, se merecen todos esos recortes, y aún más por tener el gran pecado de la alegría irresponsable. Así que, por supuesto, los andaluces nos merecemos los siglos de atraso por nuestra condición de poco amantes del trabajo y de festeros, a la que encima el gaditano tiene que añadir el antes piropo y ahora baldón de 'gracioso'.

Nada desmentiría más esos tópicos que un poco de lectura de la historia. Un repasito nada más daría para ver que la civilización occidental nació a la luz de la ciencia y las letras precisamente en el Oriente Próximo y Medio, en esa Mesopotamia entre el Tigris y el Éufrates que ahora es vista como tierra tribal, bárbara y subdesarrollada y que entonces brillaba con culturas esplendorosas como la persa; el mismo pueblo con los mismos genes, maldito entre los europeos de ahora, inventó las matemáticas, la astronomía y la filosofía y todos los géneros literarios, e inventó el apelativo de bárbaro para esos vecinos del Norte.

Es verdad que hemos hecho mucho desde aquí mismo por que el tópico se perpetúe. Lo complicado es que la mayoría se moleste en averiguar por qué los griegos perdieron tanta fama, y por qué los habitantes de la ciudad más antigua de Occidente, que en el siglo XVIII fue llamada Emporio del Orbe, ahora son tildados por uno de sus vecinos más cercanos con el mote de graciosos pero vagos. Como si no fuera posible ser humilde y laborioso y tener ángel, y como si la sobriedad fuera siempre sinónimo de honradez.

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