Tribuna

Juan Luis Selma Sacerdote

Carnaval y cuaresma: disfrazarse de uno mismo

Con alegría estamos viviendo estos días el carnaval de Cádiz: chirigotas, comparsas, tipos, tanguillos… buen humor. Crítica desenfadada y esperanzada. Ilusión de que algo mejore, y mientras, tanta alegría.

¡Nos gusta el disfraz! Ese vestirse de otro. Ser distinto, diferente, al menos un rato. También a los niños les encanta disfrazarse. Sueltan la imaginación y son el héroe del momento, o de la antigüedad. ¿Qué hay detrás del disfraz? ¿Por qué nos gusta tanto?

¿Y la crítica? ¿qué nos dice? Ese meterse con lo que no funciona, con los fallos y pecadillos de los demás. Hay un deseo de que las cosas vayan mejor. Es un sano inconformismo. Una pacífica revolución, simpática, amable, socarrona. Pero revolución.

Queremos cambiarlo todo, que todo mejore. Miramos hacia fuera, a los demás. Nos fijamos en sus fallos y puntos débiles. Hacemos burla de ellos: un cuplé, una parodia, un estribillo. Nos divertimos, criticamos. La cuaresma enlaza con el carnaval. Los cuarenta días de Jesús en el desierto. La preparación de la Semana Santa, de la Pascua. Un tiempo para la revolución personal. Para la conversión. Para el cambio de uno mismo. Dice San Agustín en un sermón: "¿Hay algo que no quieras que sea bueno? ¿Sólo la vida será mala en ti? Si te pregunto cómo quieres el vestido, respondes que bueno; cómo quieres la casa de campo, respondes que buena; cómo quieres la mujer, respondes que buena; cómo quieres los hijos, respondes que buenos, cómo quieres la casa, respondes que buena; solo la vida la quieres mala". Es el momento de la autocrítica, de mirarse al espejo, reírse de uno y con buen humor, cambiar.

Ahora podemos escoger el mejor tipo. Disfrazarse de nosotros mismos. De ser el que nos gustaría ser. Tiempo de conversión, dice la Iglesia. Tiempo de cambio, predica Juan el Bautista: "La gente le preguntaba: ""Entonces, ¿qué debemos hacer?". Él contestaba: "El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo". Vinieron también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron: "Maestro, ¿qué debemos hacer nosotros?". Él les contestó: "No exijáis más de lo establecido". Unos soldados igualmente le preguntaban: "Y nosotros, ¿qué debemos hacer?". Él les contestó: "No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga"". Es el momento para soñar en la persona que me gustaría ser, en la familia que puedo tener, en ese ambiente laboral que me ilusiona, en la ciudad que me interesa. Todo esto puede ser realidad si yo cambio, mejoro, me convierto. Me disfrazo de mí mismo. Si con tesón y esfuerzo, con ilusión, lucho por ser menos dejado, egoísta, injusto… Es el momento de ser yo mismo, ese que Dios diseñó. Revestirse de uno. Reflexionar, reírse de nosotros y quitar todos esos disfraces baratos y toscos que nos estropean y empequeñecen.

"Conócete a ti mismo", como decía la inscripción del templo de Apolo en Delfos. Descubre quién eres. Ese proyecto que el Hacedor tiene de ti. Da un paso. Atrévete y cambia. De lo contrario nunca serás feliz y estarás en guerra contigo, vivirás de espaldas a ti mismo, en conflicto contigo. Decía San Josemaría: "El que no se sabe hijo de Dios, desconoce su verdad más íntima". Esa es nuestra grandeza.

El final del carnaval, el comienzo de la cuaresma. El momento para atreverse a ser el que tenemos que ser. El que eres, una obra maestra, una obra de Dios. ¡Disfrázate de lo que realmente eres!

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