"En tres meses sólo lo vi tres veces, 10 minutos cada vez"

El padre de uno de los menores protagonistas del informe de Amnistía clama contra la conculcación de derechos y falta de transparencia de los centros de protección

Dramáticos dibujos  que el menor internado  hizo en una carta dirigida s su padre.
Dramáticos dibujos que el menor internado hizo en una carta dirigida s su padre.
Rosa Romero / Cádiz

20 de diciembre 2009 - 05:01

Advierte varias veces que quiere borrar página. Él y su hijo. Que los tres meses que el niño pasó en un centro de protección de menores en Cádiz, han sido los peores de su vida. De la suya y de la de su hijo. Un calvario del que actualmente, un año después, a los dos les sigue pasando factura. "Mi hijo llora mucho todavía. De rabia y de dolor. Y yo sufro mucho viéndolo a él".

Deja claro que con su testimonio lo único que quiere es concienciar a la opinión pública sobre el sistema de tutela que tiene establecido la Junta de Andalucía para los menores acogidos a protección. Una tutela que, a su juicio, no ejercen como debieran, dejando en manos de entidades la gestión de unas instalaciones en las que, asegura ha comprobado él mismo, se incumplen derechos fundamentales de los niños.

"Tu encierras a tu hijo en una habitación quince días y lo medicas. No lo llevas al colegio, sólo le abres la puerta para darle la comida y para que haga sus necesidades, pero a horas concretas. ¿Y el fiscal que hace?".

No espera la respuesta. Se contesta él solo: "Te quita la custodia. Pues incomprensiblemente, hoy en día se mete a un niño en protección, se aplican técnicas prohibidas y no pasa nada". Y suelta la bomba: "Son Guantánamos en chiquitito".

Su dura afirmación cobra sentido al saber quién es. Francisco Javier, así se llama él, es el padre del niño cuyo dramático ultimátum en una carta dirigida a su madre, "Si vuelvo, me mato", ha titulado el informe que acaba de hacer público Amnistía Internacional, en el que se denuncian abusos y hasta agresiones en los centros de menores de toda España, que ha levantado ampollas.

Accede a la entrevista para contar su experiencia para remover las conciencias de todos pero rehusa las fotos. A cambio, ofrece para ilustrar la información un dibujo, una viñeta con la que su hijo terminó una de las cartas que le mandó desde el centro y que pone los vellos de punta.

No hace falta ser psicólogo para caer en la cuenta que los monigotes que el menor (tenía 15 años cuando estuvo internado en el centro, del que escapó a los tres meses) trazó en la misiva rezuman desesperación. Una dramática carrera contra el reloj, esperando que suenen las sirenas para volvérselo a llevar (la Policía lo llevó al centro), que termina con la derrota irreversible, con la muerte por suicidio.

"Tengo miedo, sácame de aquí", le decía en otra carta. En persona le costó Dios y ayuda que se lo pudiera decir: "En tres meses, sólo lo vi tres veces, 10 minutos cada vez", recuerda con amargura Francisco Javier.

El relato de este padre saca al descubierto una triste historia fallida de amor, la de él con su mujer, que ha terminado en batalla campal. Y como toda guerra que se precie, con daños colaterales, los sufridos por el hijo: la madre lo denunció en el Juzgado porque decía que no podía con él, que la insultaba y la agredía. Pedía que lo internaran en un centro. Con un diagnóstico de trastorno disocial, para que entrara en un centro, faltaba un requisito: el desamparo.

"Una palabra clave", apunta Francisco Javier deletreándola despacio, casi escupiendo letra a letra, que le aplicaron a su hijo sin atender a su llamamiento para hacerse cargo de él. Profesor que entonces trabajaba cerca del centro, no logró que le permitieran hacerse cargo de él.

Y lo mandaron "a Guantánamo", donde lo recibieron como a un preso: con un cacheo integral, desnudo y en cuclillas. "Y todo esto en un centro que llaman de protección". En este caso, la coletilla es fundamental. Porque hay que recalcar que su caso , el caso de su hijo, no es el de un menor recluido en un centro por orden judicial, un centro de reforma en los que se supone que deben estar los chicos, cuando han cometido delitos, para después ser reinsertados en la sociedad.

Luego llegó lo de la AOI. Tres siglas tras las que se esconde lo que Francisco Javier y su hijo se refieren en realidad como a una celda. Aula de Orientación Individual, en la que estuvo 15 días el chaval, "donde lo medicaban".

Francisco Javier contactó con un abogado, emprendiendo por un lado una batalla judicial para levantar el desamparo, mientras en los despachos se desgañitaba pidiendo que le dejaran llevarse a su hijo. O por lo menos, que le dijeran qué hacían allí con él. "Pedí el reglamento de funcionamiento del centro pero no me lo dieron. Me dijeron que lo pidiera a la Junta". Asegura que le intervenían todas las cartas y las llamadas a su hijo en un centro que era "toda severidad y ningún calor humano".

Su hijo "no sufrió agresiones, pero sí las vio", sigue rememorando con dolor Francisco Javier, a quien se le ilumina el rostro al recordar que, al menos, para ellos, ha habido final feliz. " Mi hijo se escapó el 25 de diciembre de 2008. Se fue de casa de su madre, a donde lo llevaron para que pasara unas horas".

Un mes después, en enero ya de este año, la Junta confirmó "la idoneidad" de Francisco Javier poniendo fin al desamparo. "Fíjate qué paradoja: en tres meses hice un cursillo acelerado y ya era idóneo".

Hoy en día, ostenta la custodia del menor. Se han mudado de población y el chaval está empezando a ir bien en los estudios. Pero aún tiene pesadillas por las noches. Aún llora. Los recuerdos están aún muy cercanos.

Casualidades de la vida: este pasado jueves, fue al Juzgado para un acto de conciliación con su madre. "Y nos encontramos con un antiguo compañero suyo del centro. Estuvo allí año y medio y se escapó tres veces. Y me confirmó lo que mi hijo me había contado".

"Lo que le ha sucedido a mi hijo le pueda pasar a cualquiera. No podemos seguir permitiéndolo. Detrás de todo esto hay un gran negocio y la Junta no puede dejar a los niños sin control, sin vigilar, qué hacen con ellos, qué tratamientos les aplican. Máxime tratándose de centros de protección en los que se suponen que deben hacer eso: Protegerlos".

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